Cristo de la Luz

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martes, 5 de mayo de 2015

El lamentable caso de González Faus, SJ

Hasta anteayer tenía la dicha de no saber quién era este personaje. Sin embargo, el sábado pasado por la mañana mientras desayunaba, como de costumbre, eché un vistazo a las noticias de varios portales católicos, y leí el siguiente titular: El jesuita González Faus niega el parto virginal de Jesucristo. ¡Casi me atraganto con mis tostadas!

Por lo visto, el jesuita en cuestión es un fan del nuevo partido político Podemos. [Para los que desconocen el panorama político español, Podemos es un partido populista neo-marxista, con claras influencias del chavismo venezolano.] Dejaré al margen la cuestión de la ideología política del jesuita, aunque no deja de ser inquietante que un ministro de Jesucristo apoye un partido tan abiertamente anticlerical, porque me quiero centrar en la herejía que suelta en su escrito sobre este partido. Escribe literalmente estas palabras:
Luego de estos análisis particulares quedan dos lecciones universales por recordar:
La primera es que no hay partos virginales (ni siquiera el de Jesús lo fue): la vida nace siempre en medio de suciedad y desechos; pero es vida y promesa lo que allí nace.
González Faus, vestido con el uniforme jesuita: de abuelito pasado de moda
¿Qué tipo de religioso se atreve a escribir una herejía semejante? Tras una breve búsqueda en internet, me entero de que tiene una larga trayectoria de "formador" en varias instituciones católicas. Ha escrito un montón de libros, en los que ha defendido posturas típicamente progresistas,- desde la "apertura" de la moral católica y la aceptación de prácticamente todas las perversiones sexuales imaginables, hasta la venta de los bienes de la Iglesia para beneficio de los pobres, pasando por la "democratización" y "modernización" de todas las instituciones de la Iglesia. Y en esto de negar dogmas de fe no es ningún aficionado. Dogmas que ha negado, aparte de la virginidad perpetua de María, incluyen la existencia del Infierno y la obra redentora de Jesucristo en la Cruz.

Tengo curiosidad por saber cómo serían unos ejercicios espirituales ignacianos con el Padre González Faus (no tanta curiosidad que yo mismo me apuntaría; sólo lo suficiente para imaginármelo). En particular, sería interesante saber cómo predicaría el quinto ejercicio de la primera semana, que consiste en una meditación sobre el Infierno. ¿Cómo se medita sobre algo en cuya existencia no se cree? El Padre nos da alguna pista en su infecto libro, Sexo, verdad y discurso eclesiástico (Sal Terrae, 1993). En la página 26 dice esto:
Soy de tradición jesuítica y admiro muchísimas cosas de San Ignacio...[Pero] me temo que de una de las cabezadas más inoportunas de mi fundador (y que, curiosamente, es casi lo único que influyó en la decadente Iglesia del XIX y comienzos del XX) brotó la petición que pone antes de la meditación sobre el infierno:

“para que, si del amor del Señor eterno me olvidare por mis faltas, a lo menos por el temor de las penas me ayude para no venir en pecado.”
Como reflexión aparte, es curioso que llame "decadente" a la Iglesia del siglo XIX y comienzos del XX; la Iglesia que dominó Occidente, evangelizó media África e hizo millones de conversos en Asia. Claro, según la perspectiva del P. González Faus, la Iglesia no renacería hasta el Concilio Vaticano II. El hecho de que ese acontecimiento marcó un antes y un después nadie lo discute. El problema es que los progresistas llaman blanco a lo que es negro, y vice-versa. Fue a partir del Concilio que Europa, cuna de la civilización cristiana, apostató de la Verdadera Religión, y como perro que vuelve a  su vómito, regresó al paganismo. Fue a partir del Concilio que América sucumbó al empuje de las sectas y el catolicismo empezó su gran retirada. Fue a partir del Concilio que los seminarios y conventos se vaciaron. Sin embargo, para los progres la realidad nunca ha sido un impedimento a su ideología, y para el Padre todo ese desastre constituye la Primavera Eclesial tan anhelada.

Es evidente que hoy San Ignacio duraría en su Compañía de Jesús lo que un caramelo en la puerta de un colegio. No sé si el santo se largaría antes de que le echaran los jesuitas modernos. Lo que está clarísimo es que el espíritu misionero militante del primero es diametralmente contrario al dialoguismo buenista de los segundos, que toleran todos los sacrilegios y bendicen todas las falsas religiones. La ortodoxia intransigente del primero choca con la fe (¿?) permeable y cambiante de los segundos. El celo por la gloria de Nuestro Señor y Su Santísima Madre del primero contrasta con la tibieza de unos pobres desgraciados, que se han olvidado de lo que significa ser católico, y prefieren el aplauso del mundo al amor de Dios.

Magífica estatua de San Ignacio aplastando al hereje Lutero. Iglesia de San Ignacio, Roma.
Si la Iglesia no estuviera infiltrada por masones y herejes, el P. González Faus y sus seguidores serían excomulgados en menos de que cante un gallo. Pero si el lector piensa que tras proferir su última herejía, tras blasfemar contra María Santísima, alguien en la jerarquía reprenderá a este individuo, y será finalmente castigado, que se espere sentado. Nadie hará nada.

Si el P. González Faus hubiera dedicado su sacerdocio a difundir el mensaje de la Virgen en Fátima, pidiendo la consagración de Rusia al Inmaculado Corazón, se hubiera metido en problemas, como le pasó al recientemente fallecido Padre Gruner, un santo sacerdote que estuvo ilegalmente suspendido a divinis durante décadas. Si el P. González Faus hubiera dedicado su sacerdocio a formar seminaristas en la recta doctrina tradicional y fomentar la piedad católica, le hubieran hecho la vida imposible, como lo hicieron a Monseñor Livieres, hace poco injustamente depuesto de su sede episcopal. Si el P. González Faus hubiera dedicado su sacerdocio a buscar la santidad diciendo la Misa Tradicional, le hubiera pasado como a los frailes de la Inmaculada cuya orden ha sido desmantelada de forma criminal.

La triste pero inevitable conclusión es ésta: un religioso que niega dogmas de fe es algo que se tolera en la Iglesia Católica de hoy. Lo que lamentó San Basilio Magno en el siglo IV, durante la crisis arriana, también es cierto hoy en día:

Sólo una ofensa se castiga vigorosamente en la actualidad: la observancia estricta de las tradiciones de nuestros padres.





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