Cristo de la Luz

Cristo de la Luz

domingo, 8 de abril de 2018

Libertad de Expresión es Libertad para Blasfemar

En esta larga agonía de Europa, con la terrible amenaza que representa la islamización, muchos católicos son tentados de unirse al bando liberal. Frente a la mordaza de la corrección política, que siempre censura cualquier crítica hacía el Islam, la libertad de expresión puede parecer una excelente idea; y frente a la cristofobia de los marxistas, la libertad de culto parece una buena causa. Pero no debemos perder de vista que estas "libertades" son pestes tan funestas como el mismo Islam. De hecho, el triunfo del liberalismo es lo que ha provocado el declive de Occidente.

En EEUU, donde las falsas libertades están arraigadas en la misma Constitución, los conservadores conciben la lucha contra los progresistas como una defensa de estos "valores", frente al totalitarismo del marxismo. Son incapaces de ver más allá de 1776, de imaginar que antes de la independencia de los EEUU hubo algo mejor que la libertad para hacer y decir lo que te diera la gana. Se han olvidado de la Cristiandad, fundada no sobre libertades subjetivas, ni sobre el relativismo moral, sino sobre la Verdad de Nuestro Señor Jesucristo. En la Europa del siglo XIV, apelar a una supuesta libertad para decir cualquier cosa que quisieras, aunque ofendiera la dignidad divina, sería el colmo de la impiedad. Muchos creen que esto supone un progreso en la conciencia colectiva de la humanidad, pero es todo lo contrario. Hemos retrocedido significativamente; hemos sustituido la defensa de la Verdad objetiva, Nuestro Señor, por la protección legal de las opiniones subjetivas.

La típica objeción conservadora es que todo el mundo tiene derecho a sus opiniones, y se pueden expresar sin necesidad de ofender a nadie. La libertad de expresión, por tanto, engloba todas las opiniones que no ofendan gratuitamente a ningún colectivo de la sociedad. Esta idea es totalmente incoherente e impracticable, porque en realidad es imposible abrir la boca sin potencialmente ofender a alguien. Hoy en día vemos que se estrecha el cerco de la corrección política; casi cualquier opinión inteligente puede ser interpretado como una muestra de intolerancia o una incitación al odio, especialmente si dices algo crítico acerca de un grupo protegido por el Sistema (entre los cuales no estamos los católicos, por descontado).

En España, ante el reciente diluvio de ataques hacía la religión católica, el obispo de San Sebastián, Monseñor José Ignacio Munilla, dijo una frase que le ha valido el aplauso de muchos medios católicos:
Si la blasfemia es libertad de expresión; entonces, la corrupción es economía de mercado.
Yo no aplaudo esta frase. Es encomiable (y también bastante raro) que de vez en cuando un obispo español salga en defensa de la fe, pero los defensores de la libertad de expresión dirán todo lo contrario: la blasfemia SÍ está amparada por la libertad de expresión. Por ejemplo, la Primera Enmienda de la Constitución estadounidense no contempla límites a lo que se puede decir, con las evidentes excepciones de las amenazas, la incitación a la violencia y la calumnia. Además, si analizamos el contexto de la frase de Monseñor Munilla, veremos que lo que entiende por blasfemia no es lo que siempre han entendido los católicos. Su frase aludía a una declaración conjunta de la Conferencia Episcopal Española con representantes de otras confesiones religiosas, cuyo primer artículo expresaba:
preocupación y tristeza por las constantes y reiteradas ofensas a los sentimientos religiosos de los fieles de distintas confesiones.
Hay dos cosas que observar. Primero, para los obispos españoles el problema es esencialmente cosa de SENTIMIENTOS. Lógico. Para que firmasen la declaración mahometanos, judíos y protestantes, era necesario hablar en términos puramente subjetivos. ¡Los expertos ecumenistas saben que nunca hay que dejar que una doctrina te fastidie la fiesta! En lugar de preocuparse por Dios Mismo, el objeto de las blasfemias, piensan que ellos son las víctimas, porque sus "sentimientos religiosos" han sido ofendidos. En la definición de blasfemia que da el Diccionario Católico Conciso de 1943 no hay mención alguna de sentimientos. Dice que la blasfemia es:
Una palabra o acto que insulta a Dios o las cosas sagradas. Es un pecado contra la religión y puede dirigirse directamente a Dios o indirectamente, mediante el desprecio hacía Su Iglesia, a Sus santos, o las personas o cosas sagradas.  
Segundo, para los obispos españoles, un ataque hacía cualquier religión falsa es equivalente a un ataque hacía la religión verdadera, como si la falsedad mereciera el mismo trato que la verdad. Lejos de ser condenable, atacar falsas religiones puede ser un gran acto de caridad, porque libra las almas de las cadenas del error. Pensemos en las ásperas polémicas de San Francisco de Sales contra el protestantismo, la cruzada de Santo Domingo contra los albigenses, o el obispo de Valencia, San Juan de Ribera, que dedicó su vida a luchar contra el Islam, que calificó de "un culto impío, vicioso y blasfemo." Es difícil, por no decir imposible, reconciliar la postura intransigente contra las falsas religiones de estos santos, con la de los obispos españoles actuales, tan preocupados por no herir los sentimientos de nadie.

Volviendo a Monseñor Munilla, sabemos que su concepto de blasfemia dista mucho de ser católico cuando alaba esta declaración conjunta, diciendo que es:
un signo de la buena salud del diálogo interreligioso y una prueba de cómo los principios religiosos rectamente entendidos contribuyen a poner las bases del diálogo social en un respeto mutuo.
En algo tiene razón: que la CEE firme una declaración infumable, que destila indiferentismo religioso, con todo tipo de infieles y herejes, es un signo de que el diálogo interreligioso goza de buena salud. ¡Lástima que sea a costa de la salud de la Iglesia Católica!

¿Quién blasfema?
Sin darse cuenta, el concepto que tienen los liberales de la blasfemia es en sí mismo blasfemo. Si para ellos no importa de la verdad de una opinión religiosa, sino la ofensa subjetiva que pueden sentir otras personas, quiere decir que Nuestro Señor nunca tenía que haber afirmado Su divinidad ante Caifás durante Su juicio. Cuando Jesús cita la profecía de Daniel y Caifás rasga sus vestiduras y grita "¡blasfemia!", no es aventurarse demasiado decir que los "sentimientos religiosos" del sumo sacerdote fueron muy heridos. Según la lógica de los liberales, esto significa que Jesucristo es un blasfemo. Y esto sí es blasfemia, de la verdadera.

¿Cómo hemos llegado a esta situación, en que la jerarquía de la Iglesia rehúsa defender a Nuestro Señor de los insultos que recibe? ¿Cómo es posible que a nuestros obispos les importan más los sentimientos de la gente que la gloria divina? Creo que un breve repaso histórico puede ayudar a entender porqué la gran mayoría de católicos ahora creen en falsos derechos, como la libertad de expresión.

La filosofía liberal, con sus ramas políticas, económicas y religiosas, es hija de las herejías protestantes del siglo XVI. Al exaltar la capacidad del individuo para determinar cuestiones que antes eran prerrogativas exclusivas de Dios y de Su Iglesia, el herético libre examen de las Escrituras de Lutero abrió la proverbial caja de Pandora. Dicha herejía permitió que cada cristiano pudiera decidir por sí mismo lo que estaba bien y lo que estaba mal; que cada cristiano capaz de leer, al escrutar la Biblia, descubriera su propia "verdad". La proliferación de sectas protestantes incluso durante la vida de Lutero, cada una con una interpretación distinta de la Biblia, y las terribles guerras de religión del siglo XVII, desembocaron en la filosofía liberal. Para evitar conflictos religiosos, el liberalismo proponía una solución, pero una solución falsa, ya que su premisa principal es falsa. Los proponentes del liberalismo decían más o menos así:
Dado que es imposible ponerse de acuerdo en materia religiosa, porque cada uno tiene opiniones muy fundadas, deberíamos permitir que todos practiquen libremente la religión que les plazca y que todos expresen libremente las ideas que sean, siempre que no alteren el orden público y no inciten a cometer actos de violencia contra otros. En aras de la paz social, todos los ciudadanos deben tener derecho a la libertad de culto y a la libertad de expresión.
La premisa falsa del liberalismo es que el hombre no puede tener certeza en materia religiosa, por lo que una opinión vale tanto como otra. Esto es radicalmente falso, porque Dios ha dado al hombre capacidad de raciocinio para distinguir entre la verdad y el error. Si hay tantos que siguen a falsos profetas y creen en doctrinas heréticas, no es por falta de conocimiento, sino por las pasiones y el pecado del hombre. El vicio y la maldad suelen ir de la mano con el error, mientras el que busca con puro corazón a Dios termina encontrando la Verdad. Nuestro Señor prometió que el que busca encuentra, por lo que negar que el hombre sea capaz por su propia inteligencia de conocer la verdad es llamar mentiroso a Dios Mismo. 

Hoy en día es difícil hablar de este tema desde una perspectiva auténticamente católica, porque tras 250 años de liberalismo, la mayoría de católicos han adoptado las tesis revolucionarias sobre falsos derechos, como la libertad de expresión, la libertad de prensa y la libertad religiosa. Conviene recordar que la famosa Declaración de los Derechos del Hombre, de donde provienen todos estos falsos derechos (falsos porque atentan contra los derechos de Dios), fue fruto de la Revolución Francesa de 1789. Esta revolución, promovida por los enemigos de la Iglesia, principalmente ateos y masones, derrocó el Antiguo Régimen monárquico, teocéntrico y jerárquico, con Dios en la cima, cuyo origen se remonta a la Cristiandad, para reemplazarlo con un régimen democrático, liberal, igualitarista, construido sobre la supuesta dignidad del hombre, al margen de cualquier consideración religiosa. Por esta razón la Iglesia Católica no tardó en condenar dicha declaración falaz. Lo hizo el Papa Pío VI en su encíclica de 1791, Quod aliquantum, con estas palabras:
El efecto obligado de la constitución decretada por la Asamblea es el de destruir la religión católica y con ella, la obediencia debida a los reyes. Es desde este punto de vista que se establece, como un derecho del hombre en la sociedad, esa libertad absoluta que asegura no solamente el derecho de no ser molestado por sus opiniones religiosas. sino también la licencia de pensar, decir, escribir, y aun hacer imprimir impunemente en materia de religión todo lo que pueda sugerir la imaginación más inmoral; derecho monstruoso que parece a pesar de todo agradar a la asamblea de la igualdad y la libertad natural para todos los hombres. Pero, ¿es que podría haber algo más insensato que establecer entre los hombres esa igualdad y esa libertad desenfrenadas que parecen ahogar la razón, que es el don más precioso que la naturaleza haya dado al hombre, y el único que lo distingue de los animales?
Desde sus inicios, la Iglesia ha combatido sin tregua la peste liberal. Toda la historia de la Iglesia durante el siglo XIX es en el fondo una lucha contra el liberalismo, con grandes Papas como Pío IX y León XIII a la cabeza del bando contrarrevolucionario. El Syllabus, el documento de referencia de esta lucha anti-liberal, publicado en 1864 por Pío IX, condena 80 errores liberales, entre ellos la separación entre la Iglesia y el Estado [nº 55], el indiferentismo religioso [nº 15-17], y los falsos derechos inventados tras la Revolución Francesa. Merece la pena citar algunas de las tesis condenadas en el Syllabus por el Papa Pío IX.
  • En la época actual no es necesario ya que la religión católica sea considerada como la única religión del Estado, con exclusión de todos los demás cultos. [nº 77]
  • Por esto es de alabar la legislación promulgada en algunas naciones católicas, en virtud de la cual los extranjeros que a ellas emigran pueden ejercer lícitamente el ejercicio público de su propio culto. [nº 78]
  • Porque es falso que la libertad civil de cultos y la facultad plena, otorgada a todos, de manifestar abierta y públicamente las opiniones y pensamientos sin excepción alguna conduzcan con mayor facilidad a los pueblos a la corrupción de las costumbres y de las inteligencias y propaguen la peste del indiferentismo. [nº 79]
La lucha anti-liberal del siglo XIX prosiguió con la lucha anti-modernista de la primera mitad del siglo XX. El modernismo fusionó los errores liberales con el progresismo filosófico alemán, que atacaba el corazón de la Religión Católica; proponía, entre otros errores, el relativismo moral, la negación de la Revelación Divina, el cientifismo y el subjetivismo. El campeón en la lucha anti-modernista sin duda fue el Papa San Pío X; su defensa de la fe fue tan brillante que durante un tiempo mantuvo a raya a los modernistas, y hasta parecía que la Iglesia había ganado definitivamente la guerra contra la Revolución. No obstante, el triunfo fue solamente temporal, la paz fue tan sólo un alto el fuego. Con el Concilio Vaticano II los modernistas salieron de sus escondites y con un golpe de efecto se hicieron con el mando de la Iglesia. Dijo uno de los modernistas más influyentes de la época, el Cardenal Suenens, con una sinceridad que es de agradecer, que el Concilio Vaticano II fue la Revolución Francesa en la Iglesia. Huelga decir que tras el Concilio, que según Juan XXIII tenía como fin abrir la Iglesia al mundo, la jerarquía eclesial abandonó la lucha anti-modernista. Desde entonces los revolucionarios ocupan los puestos de poder en la Iglesia y los contrarrevolucionarios que aún luchan contra los errores liberales se ven confinados las catacumbas.

Al desaparecer el contrapeso contrarrevolucionario de la Iglesia, el triunfo del liberalismo en el ámbito secular ha sido casi completo, y todas las constituciones de Occidente reconocen el falso derecho de la libertad de expresión. ¿Qué puede hacer ante este panorama desolador un católico, que aún cree en la realeza de Nuestro Señor Jesucristo? Aconsejo lo mismo que Él: ser astutos como serpientes e inocentes como palomas. Podemos APROVECHARNOS de las falsas libertades, para que sirvan a la Verdad. Por ejemplo, si en EEUU hay libertad de expresión, por mucho que se ofendan ciertos colectivos, nadie podrá acallar a los católicos que se atrevan a predicar la verdadera religión. No serán populares, pero tampoco podrán hacerles nada con la Ley en la mano. Aunque no creamos en ese falso derecho, todos podemos acogernos a él, para poder hacer llegar el mensaje de Cristo. Para mantenernos inocentes como palomas, nunca debemos olvidarnos de que el error no tiene derechos, y debemos luchar sin tregua contra la blasfemia.

En otros países como España no existe ni siquiera la protección legal para expresarse libremente. En estos casos, la mejor defensa es señalar la doble vara de medir con que se censuran opiniones fuera de la corrección política. Los mahometanos tienen práctica total libertad para decir lo que les dé la gana, porque son un colectivo protegido, un aliado de los progresistas. Si ellos pueden decir, por ejemplo, que los actos homosexuales son inmorales, ¿cómo no vamos a poder decir lo mismo los católicos?
Por último, aconsejaría elegir bien las batallas. No merece la pena acabar en la cárcel por un tema menor. Por otra parte, si lo que defendemos en público es Palabra de Dios, merece hasta dar la vida por ello.

Tenemos que recordar que todo lo que decimos es susceptible de ofender a alguien, y que a menudo las cosas más importantes, lo que la gente más necesita oír, es lo que más ofende. No seamos como los obispos españoles, tan deseosos de congraciarse con herejes e infieles que nunca dirán nada que les violente la conciencia. Para un mahometano, decir que Dios es una Trinidad es blasfemia; para un judío, decir que Jesucristo es Dios es una blasfemia; para un protestante, decir que la Misa es el Sacrificio de Nuestro Señor en la Cruz es una blasfemia. Pero no tiene la más mínima importancia lo que piensen los que están fuera de la Iglesia sobre el tema. Lo que siempre han entendido los católicos por la blasfemia es un ataque a la verdadera religión. Nadie tiene derecho a propagar la herejía o a decir una blasfemia. Sólo hay derecho a decir LA VERDAD.


Si viviéramos en un país verdaderamente cristiano, la blasfemia estaría duramente castigado; pensemos en la Francia del rey San Luis, que mandaba cortar la lengua a los blasfemos. En la época de Franco en España, soltar una blasfemia en público, si te oía la policía, acarreaba una cuantiosa multa. Pero, por desgracia, ahora vivimos en democracias, donde lo que prima es la libertad para todo y la blasfemia hasta se disfraza de expresión artística. Recordemos lo que decía San Juan Crisóstomo:
No hay pecado peor que la blasfemia, porque en sí reúne todos los males y castigos.


sábado, 10 de marzo de 2018

El acólito, muy cerca de Dios


Uno de los privilegios más grandes en mi vida ha sido acolitar en la Misa tradicional. El que lo ha hecho sabe la emoción que te embarga cuando se hace el silencio en la sacristía y el sacerdote empieza a vestirse mientras recita sus oraciones; al oír el tañido de la campana sales con paso sereno delante del sacerdote, las manos juntadas en actitud orante, vestido con la sotana y el alba. Te arrodillas delante del altar con el sacerdote, éste prepara el misal y en seguida hacéis la señal de la Cruz y empiezáis a recitar el salmo 42: "Et introibo al altare dei". 

El trabajo del altar es algo muy serio; es donde se realiza el Santo Sacrificio, sin el cual estaríamos todos perdidos. En un sentido físico se puede decir que el acólito está muy cerca de Dios, pero de nada sirve si su corazón está lejos de Él. Por la responsabilidad que entraña servir en el altar, el acólito tiene una especial obligación de vivir en gracia de Dios y esforzarse por ser intachable en su conducta. Cuando en una parroquia se forma un grupo de acólitos, se produce un efecto muy beneficioso, especialmente para los jóvenes, exactamente como lo describe la Escritura: El hierro se afila con el hierro (Porverbios 27:17) La camaradería entre chicos que acolitan es algo maravilloso, que hay que fomentar.

El servicio del altar es además la antesala del sacerdocio, un verdadero vivero de vocaciones. ¡Cuántos sacerdotes se han enamorado del sacerdocio por acolitar de pequeños! Tradicionalmente se ha entendido que el oficio de acólito y el sacerdocio iban de la mano; de hecho, una de las órdenes menores, desgraciadamente suprimidas tras el Concilio Vaticano II, se llama "acólito". Se han hecho encuestas sobre el tema y siempre sale un dato revelador: la gran mayoría de hombres que se han ordenado sacerdotes, antes de entrar al seminario habían servido como acólitos. Esto es así entre las parroquias Novus Ordo; mucho más entre las comunidades tradicionales.

Un ejemplo llamativo de amor a Dios manifestado en el servicio del altar es el que cuenta Bernard Tissier de Mallerais en su biografía de Monseñor Lefebvre. De pequeño, cuando vivía en su Tourcoing natal (Francia), el joven acolitaba todos los días en la Misa de 6 de la mañana. Durante la Primera Guerra Mundial, los ocupantes alemanes establecieron un toque de queda, que hubiera impedido su asistencia a la Misa de esa hora tan temprana. Sin embargo, el futuro arzobispo, de tan solo 12 años, antes que quedarse sin acolitar, prefirió burlar las patrullas alemanas cada mañana para poder llegar desde su casa hasta la iglesia. ¡Sin duda Dios premió esa demostración de celo por Su altar!

Siempre se ha entendido que el servicio del altar es exclusivamente para varones. No es que los chicos tengan más "derecho" de acolitar que las mujeres; en el fondo, nadie tiene derecho de servir en el altar del Señor. Es simplemente cuestión de que cada uno ocupe el lugar que le corresponde en la Iglesia. Tras las desastrosas reformas litúrgicas del Concilio, entre otros abusos, como la comunión en la mano y los ministros extraordinarios de la Eucaistía, surgió la novedad de las niñas monaguillas. Dondequiera se haya implantado esta práctica, se ha arruinado el semillero de vocaciones que antaño suponía acolitar en Misa. Cabe preguntarse si la intención de los modernistas innovadores no era precisamente ésta. Hay datos contundentes. Por poner un ejemplo, la única diócesis en EEUU donde no han permitido a las monaguillas es Nebraska. Resulta que esta diócesis es también la que tiene la mayor tasa de vocaciones sacerdotales del país.

El modus operandi de los modernistas fue el mismo de siempre: primero lo intentaron por las buenas. Cuando en 1980 Juan Pablo II, en Inestimabile Donum les dijo categóricamente "NO", lejos de rendirse, pasaron a la segunda fase: buscar una rendija por donde colarse. En 1983 se publicó el nuevo Código de Derecho Canónico, y allí encontraron lo que querían: el canon 230/2, que dice así:
Por encargo temporal, los laicos pueden desempeñar la función de lector en las ceremonias litúrgicas; así mismo, todos los laicos pueden desempeñar las funciones de comentador, cantor Y OTRAS, a tenor de la norma del derecho.
La ambigüedad de la coletilla "y otras" llevó a plantearse una dubium (o duda), a la cual el Papa respondió que sí se podía permitir a las mujeres participar en el servicio del altar. ¡Tan sólo tres años tardó en dar un giro de 180 grados en este asunto! A mi juicio, esta cesión a los modernistas es una muestra de cobardía por parte de Juan Pablo II; en lugar de mantenerse firme y defender la sacralidad de la liturgia, imitó a los politicuchos que tanto apego tienen al "donde dije digo, digo Diego".

Hasta el modernísimo Arzobispo de París, el Cardenal Vingt-Trois, dijo que en cuanto las mujeres se metían en la sacristía para servir en el altar, los hombres desaparecían en una nube de polvo. En una interesante entrevista del 2015, el Cardenal Burke explicó que desde el Concilio Vaticano II la liturgia ha sido feminizada, y cuando los hombres ven un ambiente femenino, sienten que no es su sitio. Además, el servicio del altar en la Misa tradicional requiere gran atención al detalle y mucha precisión en cada gesto. Todos sabemos que en general las mujeres son más detallistas que los hombres, por lo que si alguna vez se permitiera que las niñas acolitaran en la Misa tradicional, no tengo duda de que se les daría mejor que a los hombres. No se trata de quien tiene más dotes para acolitar, ni de quien tiene más derechos, sino de mantener el servicio del altar como dominio exclusivamente masculino, una tradición que tiene unos 4000 años, desde los tiempos del Patriarca Abraham. Un dicho popular dice: "antes de derribar un muro, pregúntate porqué se puso allí."

Una persona que ha escrito cosas muy profundas sobre este tema es Alice Von Hildebrand, la viuda del eminente teólogo, Dietrich Von Hildebrand. Ella explica que el cuerpo de la mujer es sagrado en un sentido más elevado que el cuerpo del varón, por ser tabernáculo de la vida. El papel del hombre es proteger ese tabernáculo, igual que San José protegió a la Virgen María, tabernáculo viviente de Nuestro Señor. Por esta razón es preciso que solamente los hombres se encarguen del altar. Nadie debe tener envidia del acólito, porque todos tenemos el privilegio de recibir en nuestro cuerpo al Mismísimo Dios en la Santa Comunión, lo que nos convierte, durante unos pocos minutos, en verdaderas custodias.

sábado, 17 de febrero de 2018

La Crisis de la Masculinidad

Hoy en día, en la sociedad occidental post-cristiana, la debilidad se ha convertido en una virtud. El hombre ideal, para los modernos, es el que se disculpa por todo, que piensa todo el día en como no ofender a nadie, evitando a toda costa el enfrentamiento y hablando siempre de diálogo y tolerancia. Es decir, un hombre que no es hombre. En la guerra contra Dios, Satanás intenta destruir al ser humano, y no hay mejor forma de hacerlo que desvirtuando su naturaleza. Por esto, quiere que los hombres se comporten como mujeres y que las mujeres se comporten como hombres. Los hombres reales (no los personajes de películas) que demuestran virtudes masculinas, como el valor, el honor y el sacrificio, son vilipendiados. Se habla de masculinidad tóxica (nunca he oído hablar de feminidad tóxica), se insinúa que todos los hombres somos violadores en potencia y se fantasea sobre un mundo feliz gobernado por mujeres.

Esta ideología feminista sólo ha arraigado en Occidente; los países asiáticos y africanos viven al margen de esta degeneración post-cristiana. El peligro es que si los países occidentales se entregan al feminismo radical, enarbolando la debilidad como bandera, reduciendo sus fuerzas armadas a meras ONG´s, y convirtiendo a sus hombres en idiotas afeminados, los países que NO han sido infectados por esta enfermedad mental nos verán como presa fácil y atacarán. Ya está ocurriendo con el Islam. Los mahometanos no están invirtiendo los roles naturales del hombre y de la mujer, por lo que su sociedad mantiene vigor: su población es joven y en constante aumento. Perciben nuestra debilidad y saben que su hora llegará pronto. Con el peligro que cierne sobre Occidente, es hora de que los hombres católicos rechacemos el estigma que esta sociedad perversa proyecta sobre la masculinidad.

Debemos oponernos a toda costa a la búsqueda de igualdad entre hombres y mujeres, porque es una abominación y sólo puede traer consecuencias devastadoras para nuestra civilización.  Hace unos 2500 años dijo esto Aristóteles:
El macho, a menos se desnaturalice de alguna manera, es naturalmente más apto para el liderazgo que la hembra.
El hombre y la mujer NO SON IGUALES y jamás lo serán. Hoy en día decir una cosa así suena chocante. Es una herejía para nuestro tiempo; es como decirle a un español del siglo XVI que María no era virgen en el parto. Igual que San Ignacio de Loyola estuvo tentado de matar a un moro por decir precisamente esto, el español del siglo XXI, al escuchar que la mujer no es igual al hombre, monta en cólera y es capaz de denunciarte a la policía por incitación al odio. Por esta razón, para no acabar en la cárcel, debo precisar; cuando digo que el hombre y la mujer no son iguales, no me refiero a su dignidad intrínseca como criaturas hechas a imagen de Dios. Me refiero más bien a que son diferentes; no sólo físicamente, sino también psicológicamente y espiritualmente. Los liberales que actualmente gobiernan prácticamente todos los países de Occidente usan un lenguaje equívoco, seguramente de manera deliberada, porque decir que ambos sexos son iguales es a la vez verdadero y falso; es verdadero si se refiere a una igualdad esencial, porque no podemos decir que un sexo tiene mayor valor que otro; y es falso si se refiere a una igualdad accidental, porque lo que es diferente no puede ser idéntico. Decir que hombres y mujeres son iguales en este segundo sentido, es tan necio como decir que los niños y los adultos son iguales. Evidentemente, la vida de un niño tiene el mismo valor que la de un adulto, pero ambos piensan, sienten y actúan de formas muy distintas. El truco de los liberales es que en Occidente, gracias al cristianismo, creemos en la igualdad de dignidad entre la mujer y el hombre, pero con la ambivalencia de su lenguaje, nos cuelan una idea que es radicalmente opuesta al cristianismo: que el hombre y la mujer, excepto evidentes diferencias anatómicas, son idénticos.

Está cada vez más claro, por investigaciones científicas, que el cerebro masculino es muy distinto al cerebro femenino. Ojo, no he dicho ni mejor ni peor; sólo DIFERENTE. También se ha demostrado una y otra vez que los intereses, las motivaciones y las prioridades vitales de hombres y mujeres son distintos. Por todo ello, es absurdo esperar que en todos los ámbitos de la vida haya una igualdad de resultados entre los dos sexos. Estoy a favor de dar las mismas oportunidades a todo el mundo, pero me opongo a luchar contra viento y marea en aras de una igualdad de resultados. Empeñarse, por ejemplo, en que entre los ingenieros haya el mismo número de mujeres que de hombres, es como cultivar olivos en Alaska: va en contra de la naturaleza. ¿No sería más lógico dejar que cada uno elija libremente lo que quiere hacer y aceptar los resultados? En los países escandinavos, donde las mujeres son más libres que en cualquier otra parte del mundo para tomar decisiones sobre su vida personal, la realidad contradice completamente la narrativa feminista. Según este estudio, cuanto mayor igualdad de oportunidades exista entre los sexos, mayor disparidad en las elecciones profesionales. Por eso en Noruega las mujeres dominan las profesiones médicas, mientras que hay poquísimas en las carreras científicas. La lección no puede ser otra: cuando dejas que cada uno elija, los sexos eligen cosas diferentes... PORQUE SON DIFERENTES. Si las diferencias entre hombres y mujeres fueran puramente anatómicas, sería difícil explicar porqué entre los mejores 100 jugadores de ajedrez sólo hay una mujer, porque a mí no me parece un juego muy físico. ¿Podría ser que el ajedrez requiere una forma de inteligencia en la que sobresalen los hombres?

En la guerra contra la masculinidad se dice que los hombres y mujeres son intercambiables. Al hombre se le sermonea, diciendo que tiene que abrirse a su lado femenino; tiene que ser cariñoso, conciliador, detallista y "ayudar" en casa; pero se habla poco de la importancia del padre en el hogar, sobre todo en relación con un aspecto eminentemente masculino: la autoridad. Sobre la autoridad, sabemos por las estadísticas que los niños criados en hogares donde no vive el padre tienen muchísimas más probabilidades de caer en el fracaso escolar, las adicciones y la delincuencia. A pesar de esta realidad tan evidente, desde el Poder se favorece la ilegitimidad y se quita valor al matrimonio y la estabilidad de la familia. Desde que el estado ofreció sustituir al hombre como proveedor en la familia, la mujer opta cada vez más por criar hijos sin padre. Aunque a corto plazo tiene sentido (muchas mujeres están encantadas de recibir dinero y recursos por el simple hecho de parir hijos fuera del matrimonio), a largo plazo los efectos de educar a millones de niños sin padre son devastadores.

Los dogmas feministas se imponen con gran celo (¡que ya quisieran la mayoría de católicos!) y pocos se atreven a contradecirlos. Cuando algún personaje público dice algo fuera de lo políticamente correcto, casi siempre al día siguiente presenta sus "más sinceras disculpas por las ofensas ocasionadas", por más razón que tenga. Los políticos suelen bajarse los pantalones rápidamente para evitar males mayores cuando perciben que han dicho algo demasiado polémico. Un buen ejemplo sería cuando el diputado español Toni Cantó dijo verdades sobre templos sobre la llamada violencia de género. Se refirió a las denuncias falsas, a los 3000€ que da la Unión Europea a España por cada mujer que denuncia a su pareja, y a la indiferencia con la que se mira el maltrato hacía los hombres. Ante el aluvión de indignación fingida por parte del lobby feminista, en lugar de dar la batalla por una causa digna, el diputado pronto pidió disculpas.

La medalla de oro para el hombre político más afeminado tiene que ser para el actual presidente de Canadá, Justin Trudeau. En cada ocasión que se presenta, Trudeau hace gala de su feminismo, que en su caso es una forma de odio hacía sí mismo. No sé si es homosexual, pero a juzgar por su comportamiento y su lenguaje corporal, es evidente que sus niveles de testosterona están bajo mínimos. En la imagen abajo se puede apreciar como Trudeau adopta una postura débil (tiene las piernas cerradas y está inclinado hacía atrás) que él considera virtuosa, y sonríe como un niño, una estrategia para ganarse a otros sin tener que recurrir a la fuerza. Frente a este alarde de debilidad, Donald Trump se sienta con las piernas abiertas, inclinado hacía delante, como un macho dominante, con una cara seria.



Este auto-proclamado feminista se molestó (no se puede decir que se enfadó, porque es tan ñoño que sería incapaz) cuando las autoridades inmigratorias de su país dijeron que los asesinatos por honor eran bárbaros. Dijo Trudeau que esa palabra "tan peyorativa" no servía para promover la concordia entre culturas. Es curioso como a alguien que dice defender los derechos de las mujeres le importan más los sentimientos de los que asesinan a las mujeres por no casarse con quienes manden sus padres, que la vida misma de esas mujeres. Tiene su explicación: estamos hablando de mahometanos que asesinan a mujeres y, como buen liberal, Trudeau se arrodilla delante de la Religión de la Paz [ver imagen abajo]. El Islam, una ideología totalitaria que de verdad discrimina injustamente en contra de la mujer, es una fuerza capaz de erradicar los vestigios que quedan de cristianismo en Occidente. Por esta razón Trudeau y los de su calaña fingen no ver cualquier misoginia en el Islam, mientras protestan cada día contra el malvado "patriarcado" que ha erigido el cristianismo e inventan injusticias imaginarias cada vez más ridículas.

Trudeau, el feminista islamófilo
Si duele ver a los hombres políticos de Occidente comportarse de esta manera tan pusilánime, en la Iglesia Católica es aún más doloroso. Enfrentarse a los enemigos hasta derrotarlos, tal y como lo hicieron los grandes Papas de antaño (tengo en mente a San Pío X), es una actitud demasiado masculina para la neo-iglesia postconciliar. Ahora el Vaticano prefiere apaciguar a los que odian a la Iglesia, y una forma de hacer esto es pedir perdón, se haya cometido una ofensa o no. El que puso de moda pedir perdón para aplacar a los enemigos de Dios fue el Papa Juan Pablo II. Pidió perdón por la Inquisición, las Cruzadas, el asunto Galileo, etc. ¿Queda algún aspecto de la historia de la Iglesia Católica por la que NO pidió perdón? No voy a enjuiciar las intenciones del Santo Padre; no puedo saber con qué intención pidió perdón por tantas cosas que, lejos de avergonzarnos, deben llenarnos de orgullo. Quizás había interiorizado las mentiras del enemigo, dando por históricamente seguras las leyendas negras acerca de la Iglesia que todos conocemos. Quizás pensó que ese gesto de "humildad" serviría para caer mejor a un mundo incrédulo. No lo sé. Lo que sí constato es que tras esa claudicación, esa muestra de debilidad, que muchos disfrazan de humildad, lejos de recuperar su prestigio perdido, la Iglesia Católica tiene cada vez menos influencia en nuestra sociedad.

"San" Juan Pablo II besa el Corán
El clérigo que aspire al episcopado hoy en día tiene que recordar una sola regla: no causar problemas. Aunque sus sermones aburran hasta las piedras, aunque no levante el dedo meñique por defender la fe católica, aunque no haga nada realmente valioso por nadie; si no se mete en polémicas, si nadie se ofende, tiene todas las papeletas de ser elegido obispo un día. Lo único que le falta es llevarse bien con la gente que mueve los hilos del Poder y saber ganarse sus favores. Igual siempre ha sido así hasta cierto punto en la Iglesia Católica. La corrupción y la mediocridad no son exclusivos de nuestro tiempo. Sin embargo, creo que generalmente el nivel del episcopado en el mundo ha bajado sustancialmente en las últimas décadas, y sospecho porqué... Según el Papa Juan XXIII, el principal objetivo del Concilio Vaticano II fue "abrir la Iglesia al mundo". Ahora que la Iglesia se ha mundanizado tanto, es inevitable que la mentalidad del mundo se haya apoderado de los prelados; en lugar de tener siempre presente a Dios y la vida eterna, piensan constantemente en sus intereses personales y en las ganancias de este mundo.

Esta debilidad de la jerarquía católica no debe sorprender a nadie si se analiza el nuevo rito de la Misa promulgado por Pablo VI en 1969. Respecto a la Misa de siempre, los cambios van todos en la misma dirección: hacía una feminización de la Iglesia. Algunos de ellos son:

  • Se disimulan todos los aspectos sacrificiales; el sentido esencial de la Misa deja de ser el sacrificio de la Cruz, al hacer hincapié en la congregación de los fieles y el banquete eucarístico. 
  • Se eliminan las referencias militares, como en el Sanctus: "Deus Sabbaoth" (Dios de los Ejércitos) se sustituye por "Dios del Universo". La lucha denudada contra el pecado se convierte en una peregrinación por este mundo.
  • El sacerdote se convierte en uno más de los asistentes, al difuminarse la diferencia entre el sacerdocio sacramental y el sacerdocio común de los fieles.
  • Se reducen y se suavizan las referencias penitenciales.
  • Se sugiere la herejía de la salvación universal, olvidando la existencia del Infierno. Un ejemplo, donde se dice explícitamente es el Prefacio X dominical, que reza así: Hoy, tu familia, reunida en la escucha de tu Palabra y en la comunión del pan único y partido, celebra el memorial del Señor resucitado, mientras espera el domingo sin ocaso en el que la humanidad entera entrará en tu descanso.


Si a estos cambios tan desacertados añadimos posteriores avances de los modernistas, como mujeres haciendo las lecturas y distribuyendo la comunión, niñas acolitando, sermones New Age de auto-ayuda, y cantos de una ñoñería insoportable, se entiende porqué la gran mayoría de hombres católicos han salido espantados de los templos. Esto lo ve claramente alguien que aún asiste a la Misa nueva: faltan los hombres. Dentro de poco, en las Misas de la neo-iglesia sólo quedarán mujeres, niños y maricones.

Un hombre al que admiraba me dijo una vez:
A los débiles, trátalos con suavidad; a los fuertes, con dureza. 
El hombre por antonomasia, Nuestro Señor Jesucristo, cumplió esta máxima a la perfección. Cuando trataba a los niños, enfermos y marginados era dulce y cariñoso; sin embargo, cuando tenía que enfrentarse a los poderosos, los trataba con una dureza temible. Esa es la marca del hombre de verdad. No hay que buscar la confrontación, pero a veces es inevitable. Por naturaleza las mujeres huyen de la confrontación, siempre prefieren el dialogo, los pactos. Quizás es por ello que Dios quiso que en Su Iglesia mandaran hombres.

Hoy en día lo que abunda en la Iglesia es justo lo contrario: hombres afeminados y acobardados que salen corriendo nada más avistar al enemigo, déspotas que aplastan a los pequeños y adulan a los poderosos. Podría poner muchos ejemplos, pero en aras de la brevedad, sólo ofrezco uno. Recientemente están saliendo a la luz noticias devastadoras sobre la Iglesia en China, donde al parecer Roma va a destituir obispos fieles para sustituirlos por obispos cismáticos a las órdenes del partido comunista chino. El Cardenal Zen, todo un icono para la resistencia católica en ese país, ha denunciado en una carta al Papa Francisco que lo que proponen es "vender la Iglesia china" ante las exigencias de los comunistas. Si ahora Roma accede a las exigencias de los comunistas, será todo un bofetón a los valientes mártires chinos, que han resistido y permanecido fieles desde la revolución de Mao. Será como decirles: vuestro sacrificio ha sido en vano, porque ahora cedemos ante la presión y les damos todo lo que quieren. ¿Qué diría Nuestro Señor al partido comunista chino? ¿Acaso ante Poncio Pilato se desdijo? ¿Ante Caifás y el Sanedrín les regaló el oído o les dijo la cruda verdad?

Resumiendo, los hombres tenemos que ser hombres y las mujeres tienen que ser mujeres, porque no somos iguales; somos diferentes y complementarios. Cuando los dos sexos vuelvan a su sitio el mundo quizás encontrará algo de cordura. Los hombres no debemos ceder ante la presión cultural de volvernos afeminados; debemos ser orgullosos de lo que somos y cultivar las virtudes masculinas. La crisis en Iglesia Católica tiene mucho que ver con la crisis general de la  masculinidad en Occidente. Para empezar, un buen remedio sería suprimir el nefasto nuevo rito de la Misa y reinstaurar la tradicional, que tan buenos frutos ha dado a lo largo de tantos siglos. Dondequiera se dice la Misa tradicional acuden multitud de hombres deseosos de entregarse a Dios como soldados de Jesucristo.

jueves, 8 de febrero de 2018

Lecciones de la Literatura

Aparte de saber que no estamos solos[1], una de las cosas que nos puede enseñar la literatura es como pensaba la gente en otras épocas. No importa que una historia sea ficticia y todos sus personajes inventados, porque las obras de los grandes escritores siempre reflejan actitudes y comportamientos de su tiempo. Lógicamente, para que una historia sea creíble, para que tenga buena acogida entre el público, las motivaciones de los personajes tienen que ser propias de su época. Uno puede objetar diciendo que los hombres no han cambiado esencialmente desde que el mundo es mundo. Esto es verdad; por esta razón nos siguen apasionando las historias del pasado y nos siguen pareciendo relevantes hoy en día. Sin embargo, las estructuras sociales y la mentalidad que las sostiene sí han cambiado. En este artículo examinaré tres ejemplos literarios que reflejan eras pasadas que hablan de cuánto ha cambiado la sociedad respecto a la de hoy.

Primero, la novela Jane Eyre de Charlotte Brontë. La protagonista homónima se enamora del Sr. Rochester, el dueño de la casa donde trabaja como institutriz. A pesar de cierto misterio que rodea el pasado de Rochester, cuando éste le pide matrimonio, Jane no cabe en sí de gozo y acepta. El vuelco dramático tiene lugar en la iglesia, cuando el ministro que oficia la ceremonia dice la frase de rigor: "si alguno presente conoce algún impedimento por el cual estas dos personas no deben contraer matrimonio, que lo diga ahora o calle para siempre." Un hombre en la sala exclama que no pueden casarse porque Rochester está casado con la hermana de éste. Ante el estupor de todos los presentes el novio lo reconoce; explica que de joven se casó en Jamaica con una mujer que luego se volvió completamente loca, que actualmente vive encerrada en el ático de su casa.

Hay que recordar un detalle importante: la autora y todos los personajes de su novela son protestantes; es decir, no creen en la indisolubilidad del matrimonio y en principio admiten el divorcio. No obstante, la protagonista entiende que las esperanzas de felicidad que había depositado en su unión con Rochester se han desvanecido para siempre. Presa de angustia y confusión, Jane se da a la fuga, con la intención de no volver a encontrarse jamás con su amado. Si la novela hubiera tenido lugar en la Inglaterra del siglo XXI en vez de principios del XIX, la solución a este problema hubiera sido muy fácil: un divorcio exprés y en 24 horas hubieran podido celebrar legalmente la boda. Una historia con este argumento no tendría ningún sentido hoy en día, simplemente porque un matrimonio previo no crearía conflicto alguno en la trama.

Si hasta los herejes protestantes, quienes negaban el sacramento, tenían en tan alta estima la fidelidad en el matrimonio, ¿como es posible que hoy en día la mayoría de católicos se divorcien, se rejunten y se vuelvan a casar por lo civil sin pensarlo dos veces? Hay que recordar además que el rey de Inglaterra, Eduardo VIII abdicó para poder casarse con una mujer americana divorciada, Wallis Simpson. Si el rey tuvo que elegir entre el trono y casarse con esta mujer, es una señal de que en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XX todavía quedaba un poso de moralidad cristiana, a pesar del cisma de Enrique VIII 4 siglos antes, y a pesar de todas las herejías y sectas que trajo aquello. Puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que en los 80 años sucesivos Inglaterra ha degenerado moralmente más que en los 400 años anteriores. Prueba de ello es que recientemente el príncipe Harry ha anunciado al mundo que también se quiere casar con una plebeya americana divorciada. En lugar de provocar un escándalo, que sería la reacción normal de un pueblo sano, se ha celebrado la noticia como si fuera un motivo de gran alegría.

El segundo ejemplo literario que habla de los cambios que ha sufrido la sociedad es la novela Keep the Apidistra Flying [2] de George Orwell, publicado en 1936, justo el año en que abdicó el rey Eduardo VIII. Esta novela narra las vicisitudes económicas y sentimentales de Gordon Comstock, un joven escritor idealista que deja su trabajo en una empresa publicitaria para intentar vivir de su arte. Su ilusión inicial pronto se desvanece y poco a poco pierde la esperanza de ver publicado el poema épico en que lleva años trabajando. Antes que volver a formar parte del sistema capitalista que tanto odia, el protagonista prefiere una vida de miseria; sin embargo, aún le queda un vínculo con lo que él llama la sociedad respetable: su novia, Rosemary. Rosemary es incapaz de entender porqué Gordon está arruinando su vida por una abstracción política, y le trata de convencer para que acepte un trabajo "de verdad". Orwell mismo era marxista, pero en esta novela critica duramente a los socialistas de salón que se suben al carro de las teorías progresistas de moda, a la vez que disfrutan de una vida acomodada y se benefician de todo lo que ellos mismos denigran. ¡Los progres de hoy en día han cambiado poco en este sentido con respecto a los años ´30!

A diferencia de Gordon, un librepensador cuyo anticapitalismo sofisticado conlleva el ateísmo, Rosemary aún no se ha emancipado de la moral cristiana, sobre todo en el terreno sexual. El sexo fuera del matrimonio en la Inglaterra de su día era considerado un pecado grave y la sociedad ponía todo tipo de obstáculos a la fornicación. Finalmente Rosemary cede ante la presión de Gordon y la pareja mantiene un encuentro íntimo, que el autor describe como un acto sórdido y decepcionante, tan desagradable que prácticamente pone fin a su relación. Un par de meses más tarde, cuando Gordon está a un paso de la indigencia, Rosemary aparece y le anuncia que lleva a su hijo en el vientre. Lo increíble, al menos para los criterios de hoy, es que Gordon, UN MARXISTA CONVENCIDO, no ve otra salida que casarse con su novia y aceptar un trabajo que desprecia para poder mantener a su incipiente familia. Orwell describe este final como la derrota del protagonista, atrapado por el destino. La opción del aborto pasa brevemente por la mente de Gordon, pero la descarta enseguida como una barbaridad. ¡Cómo ha cambiado el panorama en Inglaterra: un escritor marxista presenta el matrimonio como la única salida honrosa para una pareja que ha concebido a un niño!

Finalmente, para que no se piense que sólo leo literatura inglesa, ofrezco un extracto de un poema de José María Gabriel y Galán (1870-1905), un poeta que he descubierto recientemente gracias a uno de mis lectores. [3] Este gran poeta salmantino, católico devoto, de convicción carlista, representa lo mejor del tradicionalismo español del siglo XIX. Personalmente me es muy atractiva su obra, porque el mundo que describe es todo lo que añoro: la vida en el campo y una sociedad ordenada en base a la tradición y los ciclos naturales. Todos somos de campo en el fondo, ya que todos tenemos nuestro origen en el Jardín del Edén. La vida de ciudad embota nuestros sentidos; nos aleja no solamente de la naturaleza sino del Autor de la naturaleza. Creo que la belleza de la poesía de Gabriel y Galán reside en que expresa el modo tradicional e idóneo de la vida: la armonía entre el hombre, la naturaleza y Dios. Es un bálsamo para el alma en estos tiempos atormentados que nos han tocado vivir, un buen antídoto para la locura que se ha apoderado del mundo moderno. Espero que mis lectores disfruten de estas estrofas extraídas de un poema, que por mi profesión me gusta particularmente: Mi Música, de la colección Nuevas Castellanas.



MI MÚSICA


Naturales armonías, populares canturías cuyo acento musical no es engendro artificioso, sino aliento vigoroso de la vida natural;

   vuestras notas, vuestros ruidos, vuestros ecos repetidos en retornelo hablador, son mis goces más risueños, son el arte de mis sueños, ¡son mi música mejor!

   alegre esquilón de ermita voz de amores que recita la romántica canción; ruido de aire que adormece,lluvia que entristece,
manso arrullo de pichón;

   cuchicheos de las brisas, melodías indecisas del tranquilo atardecer, aletazos de paloma, balbuceos del idioma que empieza el niño a aprender;

   jugueteos musicales que modula entre zarzales el callado manantial cuyo hilillo intermitente da la nota transparente de una lira de cristal;

   melancólicos murmullos sabrosísimos arrullos, vibraciones del sentir, que la madre en su cariño le dedica al tierno niño invitándole a dormir;

   vuelo sereno de ave, ritmo de aliento suave, beso que arranca el querer, nombre de madre adorada, voz de la mujer amada, llanto del niño al nacer;

   pintoresca algarabía de la alegre pastoría derramada en la heredad, trajinar de los lugares, tonadillas populares, tamboril de Navidad;

   trino de alondra que el vuelo levanta, cantando, al cielo, de donde su voz tomó; canto llano de sonora codorniz madrugadora que a la aurora se enceló;

   dulces coros de oraciones, suspiros de devociones, sollozos de pecador, voz del órgano suave que llora con ritmo grave la elegía del dolor;

   aire quedo de alameda que una música remeda que el alma nunca entendió, una música increada que en el seno de la nada para siempre se quedó;

   las injurias de la suerte, los horrores de la muerte, los misterios del sentir y el secreto religioso del encanto doloroso de la pena de vivir...

   Yo os lo dije; vuestros ruidos, vuestros ecos repetidos en retornelo hablador, son el pan de mi deseo, son el arte en que yo creo, ¡son mi música mejor!


NOTAS 

[1] Esta es la razón, según George Orwell, por la que leemos.

[2] En español el título se suele traducir Que no muera la aspidistra.

[3] Desde aquí le mando un saludo afectuoso a Javier.

sábado, 27 de enero de 2018

Quien obedece no se equivoca... ¿o sí?

Hoy en día, en medio de lo que San Pablo llamó "la gran apostasía", en la peor crisis de toda la historia de la Iglesia, es comprensible que la mayoría de católicos sean incapaces de navegar las turbias aguas eclesiales. Lo que hacen muchos es simplemente rendirse ante la confusión reinante: dan la espalda a la Iglesia y se olvidan de todo. ¡Gravísimo error! Otro error, no menos grave, que trataré de abordar en este artículo, es sucumbir a mensajes simplistas de los "conservadores". Con el fin de hallar algún descanso para el alma en estos tiempos convulsos, muchos fieles delegan completamente en los pastores de la Iglesia, que ante la crisis sólo tienen una palabra: OBEDIENCIA. Obedecer a los superiores legítimos es una buena norma, pero al vivir en tiempos extraordinarios, la norma no vale. Incluso en el mejor de los tiempos, es un suicidio espiritual para un fiel católico abdicar de su uso de razón y obedecer ciegamente. Y no vivimos en el mejor de los tiempos. Es muy fácil decir: "quien obedece no se equivoca", pero tras 50 años de obediencia a Roma, al Concilio Vaticano II y a todas las "reformas" que la Iglesia ha sufrido en este tiempo, los frutos están al alcance de la vista. Ya sé que ahora no se estilan las sutilezas. Estamos en la era digital, cuando la capacidad de atención de la gente ha mermado drásticamente gracias a los smartphone; cuando el pensamiento se tiene que limitar a los 140 caracteres de Twitter; cuando las propuestas políticas se resumen en eslóganes de cuatro palabras. Sin embargo, es absolutamente necesario definir qué tipo de obediencia debemos a las autoridades de la Iglesia y cuando es lícito desobedecer. Se nos va la salvación en ello.


Existen ejemplos recientes de grandes hombres de Iglesia que han desobedecido las órdenes de Roma por el bien de las almas, pero el ejemplo de SANTA DESOBEDIENCIA eclesial que hoy traigo a colación es el de Robert Grosseteste, un obispo inglés del siglo XIII. Este ejemplo lo explica maravillosamente bien el gran Michael Davies en este escrito, precisamente para ilustrar lo mismo que estoy argumentando con este artículo: que a veces es lícito y hasta necesario desobedecer una orden del Papa, si dicha orden va claramente en detrimento de las almas. La primera regla de la Iglesia, la principal razón de su existencia, es la salvación de las almas. Cualquier otra consideración es secundaria. Por tanto, cuando se ve que la autoridad está obrando en contra de la salvación de las almas, promoviendo la herejía o abandonando a los fieles, es el deber de los católicos RESISTIR a los malos pastores. Esto es exactamente lo que hizo el obispo Grosseteste, cuando el Papa Inocencio IV nombró canónigo de la catedral de Lincoln a su sobrino, un hombre mundano que no tenía ninguna intención de pisar suelo inglés, mucho menos de cumplir con su misión como canónigo. Era evidentemente un caso más de nepotismo y corrupción en la Iglesia, una lacra común en la época medieval; los Papas mediocres "vendían" puestos eclesiales bien remunerados para ganarse los favores de gente poderosa y luchar por sus intereses políticos y militares del momento. Grosseteste, como obispo de Lincoln, se sentía responsable de las almas a su cargo, y sabiendo perfectamente lo que se jugaba, rechazó el nombramiento. Simple y llanamente desobedeció una orden directa del Papa.

Davies hace hincapié en que Grosseteste creía firmemente en la autoridad suprema del Papado sobre toda la Iglesia, tal y como se desprende de sus propios escritos. Por lo cual, nadie puede atribuir su desobediencia a una supuesta mentalidad cismática, una acusación que ahora siempre está en boca de los conservadores, frente a los católicos que intentan resistir las novedades emanadas del nefasto Concilio Vaticano II. Grosseteste no solamente rechazó el nombramiento, sino que con ochenta años, hizo el viaje desde el norte de Inglaterra hasta la corte papal en Lyons, Francia (¡con las condiciones de viaje propias del siglo XIII!) para enfrentarse a Inocencio IV en persona y explicarle porqué no podía acatar órdenes que contribuían a la degradación espiritual de su diócesis. Así describe el biógrafo de Grosseteste la escena:
Se quedó de pie solo... el Papa Inocencio IV se sentaba allí con sus cardenales y los miembros de su corte, escuchando la reprimenda más severa y vehemente que cualquier gran pontífice, en el cénit su su poder, haya podido escuchar jamás. 
La carta que Grosseteste envió al Papa para justificar su postura debería ser lectura obligada para cualquier candidato al episcopado hoy en día. Decía lo siguiente:
Ningún súbdito fiel de la Santa Sede, ningún hombre que no esté apartado por el cisma del Cuerpo de Cristo o la misma Santa Sede, puede someterse a mandatos, preceptos u otras órdenes de este tipo, ni siquiera si sus autores fueran ángeles del más alto rango. Hay que repudiarlos y resistirlos con toda la fuerza posible. Debido a la obediencia a la que estoy sujeto; debido al amor por mi unión a la Santa Sede en el Cuerpo de Cristo; como hijo obediente, desobedezco, contradigo, me rebelo. Ustedes no pueden tomar acción alguna contra mí, porque en mis palabras y mis actos no hay rebeldía; sólo hay amor filial debido por mandato divino hacía padre y madre. Tal y como ya he dicho, la Sede Apostólica en su santidad no puede destruir, sólo puede edificar. Esto es lo que significa la plenitud de poderes: puede hacer todas las cosas por la edificación. Sin embargo, estos mal-llamados mandatos no edifican; sólo destruyen. No pueden ser obra de la Santa Sede Apostólica.
Inocencio IV estaba fuera de sí de rabia por la actitud recalcitrante del anciano obispo inglés, y estaba muy tentado de hacerle detener, para que pasara sus últimos días en un calabozo; sin embargo, sus cardenales le desaconsejaron tal acción. Uno de ellos le dijo esto:
No debe hacer nada. Es verdad, no le podemos condenar. Es un católico y un santo; es mejor hombre que nosotros. No tiene igual entre los prelados. Todo el clero francés e inglés lo sabe... Si la verdad de esta carta saliera a la luz, podría poner a muchos en nuestra contra. Es muy estimado como filósofo, un erudito en literatura latina y griega, celoso por la justicia, un lector de las escuelas de teología, un predicador al pueblo, un enemigo activo de los abusos.
¿Cuál fue la resolución de este entuerto? Ese mismo año Grosseteste murió, en su lugar fue nombrado un obispo de Lincoln más "de acuerdo con los tiempos". Davies, reflexionando sobre este insigne personaje, dice que si hubiera vivido en tiempos de Enrique VIII sin lugar a dudas hubiera muerto por fidelidad a Roma, junto al obispo San Juan Fisher. Yo añado a esta reflexión que hombres como estos suelen ser extremadamente raros, sobre todo entre los que ostentan cargos influyentes. Es muy fácil hoy en día mirar hacía atrás y decir: "yo hubiera hecho lo mismo que él"; pero el hecho es que quedarse solo ante el Poder no es del agrado de nadie. Hace falta, primero tener los principios MUY CLAROS en la cabeza, y segundo, tener una fe en Dios inquebrantable.

Este artículo nace de mi preocupación por la situación actual en la Iglesia. Hoy en día, igual que hace 800 años, hay un hombre sentado sobre el trono de San Pedro que antepone sus propios intereses mundanos a la edificación de la Iglesia. Huelga decir que cualquier católico preferiría a un Inocencio IV a un Francisco, porque si el primero fue un corrupto, al menos nunca promovió ninguna tesis herética, ni una moral inicua, como lo hace el segundo. Hoy en día también hay un hombre de Iglesia que se ha atrevido a contradecir al Papa; un hombre que parece resistir la influencia secularizante de Roma en pro de las almas. No es un inglés, sino un estadounidense: el Cardenal Raymond Burke. Tras la publicación de sus dubbia sobre la nefasta exhortación apostólica Amoris Laeticia, que tanto revuelo causó, Burke advirtió que en caso de no recibir ninguna respuesta por parte de Francisco (ya estamos más de un año esperando), llevaría a cabo una corrección pública al Sumo Pontífice por favorecer herejías. Todos los que amamos la Iglesia estamos impacientes, esperando que Burke cumpla su palabra. El tiempo pasa y más de uno duda si el cardenal ha decidido recular en el último momento, para no meterse en líos. Pido a Nuestro Señor Jesucristo que Burke sea valiente y haga lo que tiene que hacer: defender la fe, con su vida si es preciso. Entre el episcopado quedará prácticamente solo ante Roma; será el villano de la película para todos los medios de comunicación, un apestado en los círculos "respetables" de la Iglesia. Pero le vendría bien a Burke recordar la historia de Grosseteste. Aquel hombre también quedó absolutamente solo. Pero murió en paz con Dios, tras cumplir con su deber.

viernes, 26 de mayo de 2017

Enoch Powell y los ríos de sangre


Esta semana en la que se ha perpetrado la enésima masacre islámica en territorio británico, me viene a la mente el discurso de los "ríos de sangre", que dio en 1968 Enoch Powell, entonces uno de los dirigentes del partido conservador. En este discurso Powell criticó duramente la proposición de ley del gobierno laborista, que igualaba a efectos legales a los extranjeros recién emigrados de países del Commonwealth con los habitantes nativos del Reino Unido y prohibía la "discriminación" contra los inmigrantes. Supuso un auténtico terremoto político y es considerado hoy por muchos como el germen del movimiento identitario en Europa. Powell fue tachado de "racista" hasta por miembros de su propio partido, fue cesado de su puesto de responsabilidad por el líder conservador, Edward Heath, y fue vilipendiado por The Times, la BBC y los demás medios del Sistema. Sin embargo, todos los analistas coinciden en que fue un punto de inflexión en el panorama político británico, que llevaría a la victoria electoral a los conservadores dos años más tarde y la eventual llegada al poder de Margaret Thatcher.
Powell gozó de muchísima popularidad entre los militantes del partido conservador y durante el gobierno de Heath fue la principal fuerza de oposición a sus políticas liberales y mundialistas, entre ellas la entrada del Reino Unido en la Unión Europea (gracias a Dios, ya hemos puesto fin a ese episodio de nuestra historia). No deja de ser irónico que el día en que Heath destituyó a Powell se produjo una huelga de estibadores en el puerto de Londres como protesta contra la medida; el partido laborista, creado para defender los intereses de la clase trabajadora, perjudicaba gravemente a esa misma clase, abriendo las fronteras a la mano de obra barata desde el extranjero, ¡y la clase trabajadora se puso en huelga por defender a un político conservador!

Yo no había nacido cuando Enoch Powell dio su  famoso discurso, y en ciertos aspectos se nota que pertenece a otra era, cuando el nivel cultural entre la clase dirigente era notablemente más alto. ¿Hoy en día quién cita pasajes de La Eneida de Virgilio en un discurso político? No obstante, hay grandes similitudes entre las cosas que dijo el Sr. Powell en 1968 y lo que dice el Sr. Trump en 2017, porque existe un paralelismo llamativo entre la situación de entonces y la de ahora; el pueblo sigue siendo dirigido por una élite mundialista, que no tiene más que sus propios intereses en mente; aún existe la misma farsa democrática, con partidos de distinto signo, todos ofreciendo básicamente la misma mercancía infecta; y los mismos medios de comunicación de masas, controladas por las mismas grandes fortunas, adoctrinando al pueblo para que traguen con la invasión de su país por inmigrantes, con la consiguiente empobrecimiento de los autóctonos y la progresiva pérdida de la identidad nacional. 
¿Qué dijo Powell exactamente en aquel discurso tan polémico? A continuación aporto algunos extractos, todos fácilmente localizables en internet (la traducción es mía). Empezó refiriéndose a un hombre anónimo de su distrito electoral:
Hay un inglés, un tipo corriente, decente, quien a pleno día en mi propia ciudad me dice, como su representante parlamentario, que para sus hijos no merecerá la pena vivir en este país. Simplemente no tengo derecho de encogerme de hombros, ignorar lo que dice, y pensar en otra cosa. Lo que dice, lo dicen miles y cientos de miles de personas,- quizás no en toda Gran Bretaña, pero sí en las zonas que ya están sometidas a una transformación sin parangón en mil años de la historia de Inglaterra. Debemos estar locos, literalmente locos, como nación para permitir la entrada anual de unos 50,000 dependientes, que son la mayoría de la población inmigrante. Es como mirar a una nación erigir su propia pira funeraria.

Powell citó una carta que había recibido de una señora mayor, cuyo marido y dos hijos habían muerto en la Segunda Guerra Mundial. La señora decía que de toda su calle era la única residente blanca y que ya no era el mismo país por el que lucharon los suyos. Según Powell este sentimiento era muy común entre la población indígena del Reino Unido:
Por razones que no comprendían, como consecuencia de una decisión sobre la que nunca fueron consultados, se encontraron como extranjeros en su propio país. Descubrieron que sus mujeres ya no tenían camas hospitalarias para dar a luz, que sus hijos no obtenían plaza en los colegios, que sus barrios cambiaban hasta ser irreconocibles, que sus planes y perspectivas de futuro fueron destrozados, y en el trabajo vieron que los jefes no se atrevían a aplicar los mismos criterios de disciplina y competencia a los inmigrantes que se aplicaban a los nativos.
Powell abogó por un plan generoso de repatriación de los inmigrantes para revertir la situación. Habló de la mentalidad sectaria de muchos de los recién llegados, que no tenían intención alguna de integrarse en la sociedad británica, que utilizaban las diferencias raciales y religiosas "con el fin de dominar, primero a otros inmigrantes, y luego a la población general." Finalmente, como culminación del discurso, de donde le viene el nombre, Powell citó el poema épico, La Eneida:
Mirando hacía el futuro, siento malos presentimientos. Como el romano, veo "el Tíber espumante de mucha sangre"... Sólo la acción determinada y urgente evitará el desastre. Queda por ver si hay voluntad entre el pueblo para exigir y obtener dicha acción. No lo sé. Lo único que sí sé es que callarse ahora sería la gran traición.



Por desgracia, el tiempo ha dado la razón a Enoch Powell, un auténtico profeta de nuestra era. En Manchester esta semana han fluido ríos de sangre. Esto se vio venir, y los que pudieron evitarlo decidieron no hacerlo. Ellos sí que son culpables de "la gran traición".

miércoles, 5 de abril de 2017

No tengo suficiente fe para ser ateo

Es realmente increíble lo que la gente es capaz de creerse hoy en día. Dicen que vivimos en la Edad de la Razón, término acuñado por los filósofos del mal llamado "siglo de las luces". Sin embargo, veo que esta facultad humana es más infrautilizada que nunca. Al profanar el altar mayor de Notre Dame de París y entronizar en su lugar a la Diosa Razón, los revolucionarios introdujeron en el mundo una enfermedad de la mente: la idolatría del hombre. Según esta idolatría, el hombre es el principio y fin de la existencia, y cualquier cosa que se escapa a su entendimiento y control es anatema. De allí surgió el materialismo científico, que niega la existencia de lo sobrenatural; partiendo de la premisa de que no hay Dios, tampoco hay vida tras la muerte, ni alma, ni bien ni mal. A mi juicio, sería más acertado decir que vivimos en la Edad del Sentimiento. Al eliminar a Dios de su horizonte vital, las emociones, no la razón, suelen guiar a las personas en nuestra sociedad postcristiana. El sentimiento, al ser subjetivo, es inmune a los argumentos en contra. Todo se vuelve relativo; se habla de "mi verdad", "tu verdad", como si cada individuo viviera en un mundo distinto, cada uno con sus reglas de lógica particulares.

Lo que los materialistas no anticiparon es que al derribar los dogmas de la religión católica iban a erigir en su lugar nuevos dogmas; la diferencia sería que los primeros son razonables, mientras que los segundos son completamente absurdos. Esto resulta en la curiosa situación de nuestros tiempos, en que los ateos, que se supone no tienen fe, creen en unas cosas tan inverosímiles que requiere mucho más fe ser ateo que ser católico ortodoxo. El título del artículo, que he cogido de un libro de Norman Geisler y Frank Turek, lo dice todo. En este artículo daré cuatro ejemplos de cosas absurdas que creen los ateos, con la intención de reflexionar sobre la plausibilidad de la fe católica.


  • El universo se hizo a sí mismo.
Este dogma es el principio y fundamento del ateísmo, de la misma manera que la Creación es el fundamento para la religión cristiana. Antaño algunos ateos especulaban sobre la eternidad del universo, porque esto quita la necesidad de una creación, sea de una divinidad o una auto-creación. Sin embargo, a medida que hemos ido profundizando en los conocimientos de la física, es cada vez más evidente que el universo tuvo un principio, y hoy en día prácticamente nadie sostiene que el universo es eterno. 

Es el colmo del absurdo creer que el universo se hizo a sí mismo, porque la ley de la lógica nos dice que nada puede ser su propia causa. Por ejemplo, yo antes de existir, no pude hacer nada para venir a la existencia. Toda criatura que existe debe tener una causa, y tiene que OTRA COSA que sí misma. La causa de mi existencia está en mis padres; la causa de su existencia está en mis abuelos, y así hasta llegar al origen de la vida humana. Dejando de lado por el momento la polémica sobre la teoría de la evolución, si remontamos hasta el principio (tanto evolucionistas sobre creacionistas creemos en un principio de todo), es necesario que haya UNA PRIMERA CAUSA. Si no hubiera una primera causa, algo (o Alguien) que puso en marcha el universo, no existiría nada ahora y nunca hubiera existido nada. En palabras del filósofo Heidegger, "si alguna vez no hubo nada, nunca hubiera habido nada."

Evidentemente, esa primera causa, que no tuvo principio porque siempre ha existido, que trasciende el tiempo y el espacio, los católicos lo llamamos Dios. Los pobres ateos saben que no pueden admitir esa primera causa, porque, aunque le pusieran otro nombre, al final tendrían que conceder que la existencia de Dios es una verdad ontológica. Por esta razón buscan una de dos vías de escape: o inventan fantasías sobre multiversos o se empeñan en explicarnos que todo surgió de la nada. 

La primera es pura ciencia ficción; nadie ha visto, ni jamás verá, otro universo. Todo es pura imaginación, que mucha gente aparentemente inteligente confunde con la ciencia. Si la ciencia se basa en lo que podemos OBSERVAR, la teoría de universos paralelos habría que tirarla al cubo de la basura. Y si decidimos que la ciencia no se basa en evidencias empíricas, propongo que se estudie el comportamiento de los elfos en las facultades de biología. La segunda vía, la auto-creación del universo, supone la negación de la ley de causa-efecto. Si se niega que un efecto (en este caso, el universo) tenga una causa, la investigación científica se hace inviable. A partir de allí, si las cosas suceden "porque sí", sin causa ninguna, significa que no podemos saber absolutamente nada, y más valdría cerrar todas las universidades científicas hoy mismo.

A menudo la objeción de los niños (y de los que ya no son tan niños, víctimas del sistema educativo moderno) es: "¿Y quién creó a Dios?" La respuesta es fácil: "nadie, porque Dios es eterno." Dios nunca empezó a existir, o, dicho de otro modo, Dios ha existido desde siempre. Él es la primera causa, sin la cual nada existiría. Es el único SER NECESARIO. Mientras que nosotros somos seres contingentes; es decir, podríamos no existir, Dios existe por necesidad. Si esto se enseñara en los colegios, los niños (y los no tan niños) serían un poco menos tontos.

¿Qué es más razonable? ¿Decir que una primera causa, un ser eterno y omnipotente, que nunca empezó a existir, lo creó todo?; ¿o decir que el universo se creó a sí mismo? A los que optan por lo segundo, les propongo un reto: si son capaces de encontrar un libro que se ha escrito a sí mismo, yo creeré en la auto-creación del universo.

  • El azar crea orden
La gran mayoría de ateos son evolucionistas. La razón la encontramos en lo que dijo Richard Dawkins: "el darwinismo hizo que el ateísmo fuera intelectualmente viable." Esta afirmación es falsa, aunque contiene algo de verdad. El darwinismo dio un barniz de respetabilidad intelectual al ateísmo, pero en el fondo el ateísmo sigue siendo tan absurdo como antes, porque el darwinismo mismo es absurdo. La teoría de Charles Darwin logró ese barniz de respetabilidad porque la idea del ancestro común es una idea interesante, un cuento muy bonito, que encandiló a muchos. El hechizo es más fuerte cuando al cuento se le añade todo tipo de ilustraciones a color, mostrando como los peces salen del agua y se convierten en anfibios, como a los lagartos les crecen alas y echan a volar, como los monos empiezan a andar recto, etc. Sin embargo, el darwinismo adquirió peso intelectual sobre gracias a la conquista del mundo académico por intelectuales ateos. A finales del siglo XIX y principios del XX los secularistas, que eran todos materialistas ateos, creyentes en la nueva religión del darwinismo, se hicieron con los puestos más importantes del mundo académico. Desde entonces, fue cuestión de tiempo para que el darwinismo llegara hasta las masas, a través de los medios de comunicación y el sistema educativo.

"¡No seas absurdo! ¡Nadie nos hizo! Evolucionamos al azar a partir de copos de nieve."
Hoy en día el mejor argumento de los evolucionistas es: "la enorme mayoría de los científicos creen en la evolución". Esto es un argumento desde la AUTORIDAD, no un argumento científico. Creer en una idea por QUIEN la afirma, es propio de la fe, no la ciencia. Los católicos creemos todos los dogmas que enseña la Iglesia, no principalmente porque nuestra inteligencia nos dice que son ciertos, sino porque creemos en la autoridad de la Iglesia. Creemos todo lo que ha revelado Dios, porque "Él no engaña ni se engaña". Es igual con el evolucionismo; sus fieles creen en sus dogmas, no porque son razonables, sino porque confían plenamente en la AUTORIDAD de quienes los afirman. "La comunidad científica" es la jerarquía de la iglesia del evolucionismo; cada científico es miembro del clero, cada catedrático de biología es un obispo y sus conferencias internacionales son concilios ecuménicos, en los cuales se proclaman nuevos dogmas.

Si nos enfrentamos a los argumentos evolucionistas, y nos abstraemos del marketing que los rodea, vemos que caen por su propio peso. En la base del evolucionismo hay una noción completamente absurda: el azar crea el orden. Mientras que según la segunda ley de la termodinámica, todo tiende al desorden, el proceso evolucionista es esencialmente un continuo aumento de complejidad. Según el relato evolucionista, todo empezaría con organismos unicelulares, pasando por seres cada vez más avanzados, hasta llegar al homo sapiens, la cima evolutiva de la vida en la Tierra. Sin embargo, a pesar de su imaginación para contarnos el cuento de la evolución (con dibujos incluidos), lo que hasta ahora los evolucionistas han sido incapaces de hacer es explicar exactamente cómo se crea la nueva información en el ADN correspondiente a cada nuevo avance evolutivo. Por ejemplo, Darwin mismo dijo que el desarrollo del ojo mediante la selección natural parecía "completamente absurdo". Sin embargo, por no abandonar su teoría, especuló que ese órgano se pudiera haber desarrollado con pequeños pasos a lo largo de mucho tiempo, partiendo de algo muy básico. Pero resulta que el ojo más básico, unas células fotosensibles en la piel, requiere más información nueva en el ADN que la que contiene este artículo. Si estamos dispuestos a creer que un ojo puede aparecer por arte de magia debido a mutaciones aleatorias, para mi próximo artículo haré que mi sobrina de un año teclee sobre el ordenador. Si el resultado es un artículo interesante sobre asuntos religiosos o políticos, estaré dispuesto a creer en la evolución del ojo.

El quid de la cuestión está en el ADN, algo completamente desconocido para Darwin, a pesar de que en su tiempo Mendel había demostrado que los seres vivos están "programados" por un código hereditario. El neodarwinismo, la fusión de las ideas originales de Darwin con la genética, afirma que la nueva información en el ADN necesaria para cada progreso evolutivo es creada por mutaciones, errores al azar en la transmisión del ADN. Hay dos problemas con esta idea. Primero, jamás se ha observado como una mutación aumenta la información en el ADN. Es una bonita idea, pero no es científica, porque NO SE PUEDE OBSERVAR. Lo que sí se ha observado es que algunas mutaciones pueden ser beneficiosas. Por ejemplo, las personas que tienen anemia de células falciformes son inmunes a la malaria. Pero esto es como cortarse las dos piernas para nunca tener verrugas en los pies. No hay aumento de información, no hay mayor complejidad, sino todo lo contrario. Segundo, el código del ADN es información, y el sentido común nos dice que detrás de toda información siempre tiene que haber una INTELIGENCIA. La información NUNCA se crea al azar. Tan convencidos están los científicos de esta ley que en EEUU han gastado cientos de millones de dólares en el programa SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence), cuyo objetivo es captar señales del espacio que contienen información, ya que según ellos mismos, esto indicaría la existencia de vida inteligente en otros planetas. Aquí hay una ironía deliciosa. Si se examina cualquier célula de cualquier ser vivo sobre nuestro planeta, también se encuentra información, una información tan compleja que tiene que ser obra de una inteligencia muy superior a la nuestra.

  • No somos especiales
Los ateos tienen pánico a todo lo que indica que el hombre es algo especial. Para los fanáticos del azar somos criaturas insignificantes, en un planeta sin importancia, dentro de una galaxia como cualquier otra. No pueden admitir que somos especiales, porque eso hablaría de un Dios amoroso, de Alguien que nos ha puesto en un sitio perfectamente adaptado para nuestras necesidades. Si miramos el cosmos, vemos que entre las millones de galaxias observables realmente hay muy pocos sitios donde la raza humana sería capaz de vivir. Para que la vida florezca debe haber una conjugación asombrosa de muchísimos factores ambientales. No sería posible la vida aquí si la Tierra estuviera un poquito más cerca o más lejos del sol; si el planeta fuera un poco más grande o más pequeño; si no tuviéramos exactamente el tipo de campo magnético que tenemos; si el sol fuera un poco más grande o más pequeño; si no tuviéramos la luna que tenemos; si las temperaturas terrestres fueran un poco más altas o más bajas; si la composición de la atmósfera fuera ligeramente distinta; si no tuviéramos agua, etc. Las probabilidades de que un planeta sea apto para la vida humana son realmente ínfimas. El principio antrópico dice que nada de esto es casualidad; el mundo está donde está y tiene todas las características aptas para la vida, porque Dios lo ha diseñado así. Es mucho más razonable creer esto que pensar que todo es un accidente. ¿Acaso un ateo que vive en una ciudad piensa que todas las infraestructuras necesarias para la vida moderna (carreteras, alcantarillado, telecomunicaciones, luz eléctrica, etc.) están allí por azar? 

Otra cosa que habla de lo especiales que somos es nuestra situación en el centro del universo. Los Padres de la Iglesia estaban de acuerdo en que la Tierra no se mueve y que el resto del universo gira alrededor. Hay muchas citas, pero pongo tan sólo una de san Basilio Magno
No es sin razón o por azar que la Tierra ocupa el centro del universo, su lugar natural... Dirige tu admiración por la perfección de ese orden hacía la sabiduría de Dios. (Nueve homilías sobre el Hexameron, 10)
Esta visión geocéntrica fue la predominante hasta la edad moderna, coincidiendo la "revolución copernicana" con el fin de la Cristiandad y el declive general de la influencia de la Iglesia Católica. Muchos creen que la teoría heleocéntrica de Galileo fue adoptada porque se demostró empíricamente su veracidad, pero no es así. En su tiempo (y hasta hace unos 100 años) no fue posible realizar ningún experimento que demostrara una cosa u otra. Ni siquiera el famoso péndulo que construyó Foucault en 1851 demostró la rotación de la Tierra, como muchos piensan, ya que el movimiento lateral del péndulo se puede deber tanto a la traslación del universo entero alrededor de la Tierra como a la rotación de la Tierra. En 1887 el experimento realizado por Michelson y Morley, con la intención de demostrar la existencia del éter, obtuvo un resultado "nulo". Explicaciones posteriores dieron lugar a la teoría de la relatividad, pero si damos por buenos los resultados de aquel experimento, indican que la Tierra no se mueve. Lo que hace falta es que se lleve a cabo el mismo experimento en el espacio, algo que nadie ha querido hacer, porque si allí da un resultado distinto demostraría que la Tierra es estacionaria.


Un reciente descubrimiento acerca de la radiación de fondo de microondas respalda la teoría de que la Tierra está en un lugar especial. Esta radiación, que se encuentra en todo el universo, no está uniformemente distribuida. Las sondas espaciales que han medido estas radiaciones desde el espacio exterior indican que la radiación de microondas se distribuye de forma que se puede dibujar dos ejes que cortan en cuatro cuadrantes el universo. Lo sorprendente es que los ejes coinciden exactamente con el alineamiento del ecuador de la Tierra. Para más información sobre este tema, recomiendo la película documental, The Principle; en una serie de entrevistas, físicos de primer nivel reconocen la existencia de esta evidencia, y hasta llaman este alineamiento "el eje del mal". ¡Debe ser incómodo para un ateo enfrentarse a una prueba empírica de que la Tierra es el centro del universo!  

  • No existe el bien y el mal
Sin Dios no hay absolutos morales. Esto no significa que los ateos sean más inmorales que los creyentes, pero sí  quiere decir que, mientras nosotros tenemos una base racional sólida sobre la que construimos nuestra moral, ellos sólo pueden recurrir a argumentos utilitarios o de preferencia personal. Un ateo puede decir: "no es conveniente para una sociedad asesinar a personas inocentes"; puede decir: "no me gusta asesinar a personas inocentes"; pero no puede decir que ese comportamiento es inmoral. Si un ateo se mete en un debate moral, hay que preguntarle: "¿en base a qué dices que esto está mal? ¿Dónde está escrito? ¿Quién lo dice?" Todo argumento en relación a una preferencia personal es inválido, porque cada persona puede tener una percepción subjetiva distinta. Un argumento utilitario tampoco vale como argumento moral, porque todos sabemos que a veces hacer lo que nos conviene es lo contrario de hacer el bien. Lo que le conviene a una persona puede perjudicar gravemente a otra, y lo mismo pasa colectivamente; puede ser muy beneficioso para un país invadir a un vecino y apropiarse de todos sus recursos, pero no se puede decir que por esa razón está bien. 

"Mandamientos del ateísmo: 1. Dios no existe 2. ¡Le odio!"
Sin Dios no hay más que el  relativismo moral. Lo gracioso es que ni siquiera los ateos son auténticos relativistas. Constantemente oímos a los marxistas hablar de "injusticias" cometidas contra el  pueblo, pero si no reconocen una referencia universal e inalterable del bien y el mal, no tiene ningún sentido hablar de injusticias abstractas. Si es cierto que los poderosos oprimen a los pobres, ¿qué más da? ¿No es una manifestación más de la supervivencia de los más aptos? Si nuestros sentimientos morales son sólo el producto de la evolución de la especie, ¿por qué se quejan cuando el fuerte aplasta al débil? No se puede apelar a una autoridad por encima de nosotros, a la vez que se niega el más allá. El único ateo coherente es el nihilista que se entrega al hedonismo y una vida egoísta, ya que no tiene sentido vivir según unos principios morales si crees que somos meros animales evolucionados sin alma, en un rincón insignificante del universo, que al morir se lo comen los gusanos y ya está.