Cristo de la Luz

Cristo de la Luz

miércoles, 16 de mayo de 2018

La Sacrosanta Democracia

Hablar en contra de la democracia hoy en día es considerado blasfemia. En España, antaño tan católica, se puede hablar en contra de Jesucristo, en contra de Su Iglesia, en contra de la Virgen Santísima y no pasa nada; pero NUNCA, NUNCA se puede hablar en contra de la democracia. ¿Por qué? Porque desde que España dejó de ser católica, adoptó la democracia como religión oficial del Estado. En todo Occidente, a la vez que el cristianismo ha ido perdiendo influencia, la democracia se ha convertido en la religión dominante. Con un celo digno de cualquier misionero, los demócratas adoran a su dios, predican su doctrina por doquier, adoctrinan a los niños en la fe desde la más tierna infancia, promueven sus ritos y llevan a cabo un proselitismo feroz. Los sacerdotes de la democracia denuncian a todos los herejes que niegan algún dogma de su credo, mientras miran con compasión a los países infieles que aún no han sido bautizados en la fe democrática. Los más fanáticos son capaces de invadir países, matando a decenas de miles de sus habitantes, destrozando sus infraestructuras y su economía, con tal de llevarles la sacrosanta democracia. Es gracias a la religión democrática que un canalla como George W. Bush puede sentirse moralmente superior a todos los dictadores del mundo, por llevar la democracia a Iraq, y que millones de personas le aplaudan por ello.

El lento ascenso de la mentalidad democrática en Occidente, donde se originó, se puede entender como una consecuencia del declive de la fe católica. Igual que el mundo moderno necesitó muchas revoluciones para borrar todo vestigio de la Cristiandad (y aún no lo ha conseguido del todo), ha necesitado mucho tiempo para implantar su nueva religión democrática. A partir del Renacimiento, en Europa la sociedad poco a poco dejó de estar orientada hacía Dios; el centro y la medida de todo dejó de ser Jesucristo y se puso al hombre en Su lugar. Ese largo proceso de sustitución de una sociedad teocéntrica por una sociedad antropocéntrica es la madre de la democracia. El gran pensador colombiano, Nicolás Gómez Dávila, lo expresó así:
La democracia es una religión antropoteísta. Su principio es una opción de carácter religioso, un acto por el cual asume al hombre como Dios. Su doctrina es una teología del Hombre-Dios, su práctica es la realización del principio en comportamientos, en instituciones y en obras.
Nicolás Gómez Dávila, 1913-1994

Si nos preguntamos: ¿qué significa a efectos prácticos la democracia?, la respuesta es muy sencilla: la mayoría decide. Luego, si nos preguntamos: ¿es bueno que decida la mayoría? habría que puntualizar: depende de lo que estemos hablando. Si, por ejemplo, salgo con un grupo de amigos y tenemos que decidir si cenamos en un chino o una taberna típica, no veo problema en que se haga lo que decida la mayoría. Si lo que toca decidir es si España tiene que subir o bajar los impuestos a los PYMES, es un auténtico disparate consultar al electorado, que en su conjunto no tiene ni la más remota idea de cómo funciona la economía de un país. Si la decisión es de índole moral, como la legalización del gaymonio, es una aberración someter semejante cosa a votación. El mero hecho de votar sobre los mandamientos de la Ley de Dios es un insulto gravísimo a Nuestro Señor, algo que ningún católico debe tolerar. ¿Qué dice la democracia sobre esto? A los verdaderos demócratas les da igual el resultado; lo único que les importa es que la mayoría se exprese, porque la voluntad de la mayoría es por definición buena. Esto es blasfemia.

Uno de los ejemplos más tristes de la abominación democrática es lo que está ocurriendo en Irlanda, cuyos ciudadanos votarán el 25 de mayo de este año 2018 en un referéndum sobre el aborto. Los obispos irlandeses han animado a todos los votantes a defender el derecho a la vida de los no nacidos y han explicado porqué el aborto es un crimen. Para algunos católicos esto será motivo de gran regocijo; el que no se consuela es porque no quiere. A mi modo de ver, es una tragedia que los católicos irlandeses, con sus obispos a la cabeza, vean con tanta naturalidad un referéndum sobre el quinto Mandamiento. Lo que echo de menos en los comunicados de los obispos es una denuncia frontal de todo el proceso, no solamente de los argumentos abortistas. No se dan cuenta de que si se ha llegado hasta aquí, el problema es la democracia en sí. No basta con dar la batalla en contra de la legalización del aborto; hay que combatir el sistema que PERMITE que se ponga en duda el derecho más elemental de los seres humanos.

El referéndum irlandés, que previsiblemente ganarán los partidarios del aborto, ilustra hasta qué punto la democracia tiene un efecto corruptible en la moralidad pública. Lo que hace no mucho sería impensable, hoy es el objeto de debate político y pronto será ley. El mero hecho de poder discutir un tema libremente en público y luego votar sobre él, le da un barniz de respetabilidad en la conciencia colectiva.  La gente poco a poco se acostumbra a que, en el ámbito político, nada es sagrado y todo puede cambiar según las mayorías fluctuantes; pensemos en lo que anteayer era un pecado que clamaba venganza al Cielo y hoy es motivo de "orgullo". Con el tiempo, por tanto, la democracia produce entre los fieles una ruptura entre su moral privada y la moral de la esfera pública. Lo que es pecado para uno mismo, no necesariamente será pecado para los demás, si es legal y goza de la aprobación de la mayoría. Este proceso perverso explica cómo en Occidente el clima cultural ha pasado en cuestión de un par de generaciones de ser respetuoso hacía el cristianismo a serle abiertamente hostil.

Desde siempre los filósofos han entendido que la democracia es un pésimo sistema de gobierno. Sócrates la comparaba con esta situación: estás en un barco sin capitán, navegando por el Mediterráneo, y hay que decidir quién lo va a dirigir. La primera opción, la única sensata según Sócrates, es escoger al hombre más capaz, que más sabe de navegación. La segunda opción, la democrática, es organizar una especie de concurso de popularidad en que participarán todos los que están abordo, y el ganador, el que mejor dotes retóricos tenga y más simpático caiga, será el nuevo capitán. Sócrates sabía que si un pueblo tiene que elegir entre un demagogo que ofrece golosinas y promete solucionar enseguida todos los problemas de la gente, frente a un hombre serio que prescribe sacrificio y disciplina para remediar la situación del país, como un médico que insiste en la necesidad de hacer dieta y tomar medicinas amargas para curar enfermedades, el pueblo siempre elegirá al primero. No hay que mirar más allá de lo que le pasó a él mismo: fue condenado a muerte por un voto de 500 senadores atenienses por "perturbar la paz social".

Los grandes pensadores de la era de la Cristiandad evidentemente no fueron adeptos de la religión democrática. San Agustín, en su Ciudad de Dios, no deja resquicio para la democracia. Divide los reinos en dos categorías: la ciudad de Dios, donde los hombres se preocupan ante todo de los bienes espirituales, renunciando a las tentaciones del Demonio, y la ciudad del hombre, en que se entregan a los placeres de este mundo, pensando exclusivamente en los bienes de aquí abajo. No hay cabida para medias tintas; o buscas la justicia del reino de Dios o vives bajo la esclavitud del Demonio. A San Agustín le era totalmente indiferente el método de gobierno, mientras los hombres se regían por las exigencias del Evangelio de Cristo. Es decir, la democracia moderna, en que todo está sometido a discusión y las leyes son en función de las apetencias de las mayorías, le parecería una auténtica abominación.

Santo Tomás de Aquino habla de las tres formas de gobierno: la monarquía, la aristocracia y democracia. Dice que la monarquía es la que mejor refleja la naturaleza, gobernada por un solo Dios, y por ello es la forma de gobierno más deseable. Si el monarca es virtuoso y gobierna a favor del bien común, la esencia del buen gobierno para Santo Tomás, es el escenario ideal. No obstante, reconoce el peligro real de la tiranía, cuando un monarca absoluto gobierna para su propio beneficio, en lugar de preocuparse por el bien de su pueblo. Para prevenir la tiranía o mitigar sus estragos, Santo Tomás propone como solución práctica una combinación de las tres formas de gobierno. Usa el ejemplo de la Iglesia Católica, que es a la vez una monarquía, porque está gobernada por un solo hombre, el Papa; una aristocracia, porque está gobernada por una élite, los obispos del mundo entero; y una democracia, porque los cardenales eligen con sus votos al Papa.

Tampoco Montaigne, el más influyente de los filósofos escépticos del Renacimiento, creía en la democracia. Al rechazar la noción de un bien común objetivo, al equiparar moralmente las costumbres y creencias religiosas de distintas partes del mundo, abrió la puerta al relativismo en la política, un dogma fundamental de la religión democrática. Sin embargo, como buen aristócrata, dijo que no creía en la democracia, porque el hombre común era incapaz de la sobriedad necesaria para poder tomar decisiones sobre el futuro de un país. Ni siquiera los filósofos "ilustrados" del siglo XVIII abogaron por la democracia, a pesar de llevar a cabo una obra propagandística inmensa contra la Iglesia y la Monarquía, los dos pilares de la sociedad cristiana, y de esta manera preparar el terreno para el posterior triunfo democrático en Occidente. Rousseau, el padre de los philosophes, escribió sobre la soberanía del pueblo, y sobre la bondad intrínseca de la voluntad de la mayoría, dos conceptos esenciales para la democracia. Sin embargo, dijo que la democracia era un sistema que nunca ha existido y nunca existirá.

La polémica Ann Coulter
El igualitarismo marxista ha jugado un papel importantísimo en el auge de la religión democrática, porque la democracia es indudablemente más poderosa, y por tanto más dañina, cuando existe sufragio universal. Antaño la democracia tenía límites; en la antigua Grecia, sólo podían votar los hombres libres, descendientes de la ciudad donde vivían (aproximadamente un 10% de la población total); en la Inglaterra del siglo XVIII sólo los terratenientes podían ser elegidos al Parlamento; y en EEUU las mujeres tuvieron que esperar hasta 1920 para tener el voto y los negros hasta 1965. La comentarista estadounidense, Ann Coulter, causó un tremendo revuelo hace unos años cuando se expresó en contra del sufragio femenino, aduciendo que es gracias al voto de las mujeres que el aparato estatal crece sin freno y necesita una cantidad cada vez más insostenible de impuestos para mantenerse. Es indudable que desde 1920 el presupuesto gubernamental en EEUU no ha parado de crecer. Ella argumenta que las mujeres suelen ser más proclives a votar a favor de políticas sociales proteccionistas, porque buscan ante todo seguridad, mientras que los hombres, que tienen una mentalidad más independiente, buscan ante todo justicia y libertad. Según Coulter, dado que las mujeres constituyen la mayoría del electorado en todos los países desarrollados, la consecuencia práctica del sufragio femenino es un estado paternalista de bienestar, que desincentiva la laboriosidad y la responsabilidad personal y causa un endeudamiento masivo.

Yo opino que el sufragio universal fue un paso atrás para la Humanidad. Sé que las (o los) feministas que lean esto estarán en plena apoplejía cerebral, pero me da igual. Evidentemente, no lo digo porque tenga algo en contra de las mujeres, sino porque odio la democracia. Si la democracia es sólo para una clase de personas, si es limitada por los privilegios de una monarquía o la Iglesia, hará menos daño. Desde mi punto de vista, cuanta más democracia, peor.

La democracia, en su esencia, es la tiranía de las masas. Como dijo Thomas Jefferson:
la democracia son dos lobos y una oveja decidiendo qué cenar
Como siempre habrá más pobres que ricos, la economía democrática consiste en el robo legal de bienes y su posterior reparto por parte de las autoridades, con el fin de satisfacer las apetencias de las masas. Este sistema tiene varios efectos perversos. Primero, al alimentar la envidia de las clases bajas, crea odios entre ricos y pobres. Segundo, al quitarles sus bienes a la fuerza, suscita resentimiento entre los ricos y sólo sirve para que se vuelvan más avaros. Luego, la realidad es que los más ricos, para protegerse contra el abuso del estado, usan su poder e influencia para pagar lo mínimo en impuestos (hecha la ley, hecha la trampa), con lo cual todo el sistema se vuelve deshonesto.

La postura católica respecto a los pobres es radicalmente distinta; los ricos están MORALMENTE obligados a donar parte de sus bienes a instituciones de su confianza, para aliviar el sufrimiento de los pobres. Es lo que conocemos como obras de caridad, la virtud cristiana por excelencia. Cuando un hombre da una limosna, nadie le QUITA nada, porque es un acto de pura libertad. Con la caridad no se fomenta ni la envidia entre los pobres, ni la avaricia entre los ricos. No hay motivos para la deshonestidad y no se crean rencores entre clases sociales. Los objetores a este sistema dirán que no es suficiente esperar que los ricos donen libremente su dinero, pero la naturaleza humana es tal que donde hay obligación desaparece la generosidad. Por ejemplo, es una verdad innegable que las mayores hazañas arquitectónicas de Europa se lograron durante la Cristiandad, cuando la sociedad cristiana donaba generosamente para la construcción de enormes y costosísimas catedrales, que ningún estado democrático podía haber pagado a base de impuestos. La gente, ricos y pobres, donaban su dinero porque CREÍAN en la causa. Era a la vez una forma de demostrar a Dios su amor por Él y de purgar sus pecados. Para entender la diferencia, sólo hay que imaginarse algo: si hoy en día el gobierno democrático pidiera donaciones a los ciudadanos para construir un nuevo Parlamento, ¿cuánto dinero recaudarían? No daría ni para una chabola.

Ya he enumerado algunos problemas teóricos y prácticos de la democracia, pero hay más. En un sistema partitocrático como el español, para llegar a tener alguna opción real de ser elegido presidente, prieviament tienes que haber subido tantos escalones de poder, para lo cual es necesario no sólo mucha habilidad sino también una ambición en proporción inversa a tu escrupulosidad moral. Esto en sí mismo constituye un poderoso argumento en contra de tu candidatura. Se puede decir sin temor a equivocarse que, en un sistema tan corrupto como el nuestro, los que lleguen arriba son los menos aptos para gobernar. Es por esta razón que, dentro de lo malo, el sistema estadounidense es preferible. El triunfo de Donald Trump, un multimillonario que ha autofinanciado su campaña, y por tanto no debe nada a ningún partido, es una buena muestra de ello.

Aparte de la ignorancia y maldad de los votantes a las que se refiere Sócrates, suponiendo que los votantes de un país eligieran al hombre más apto para el puesto de presidente (algo casi imposible), el hecho de tener que ser reelegido cada x años es un serio handicap para el buen funcionamiento de cualquier gobierno. A diferencia de una dictadura o una monarquía, un presidente democrático, aunque tenga buenas intenciones, tiene que pensar tanto en su reelección como en lo que conviene al país, y a menudo ambas cosas estarán reñidas. Dado que las elecciones nunca está a más de cinco años, la perspectiva de un político no puede ir más allá si quiere seguir en el poder. Todos nos quejamos del cortoplacismo de los políticos, pero pocos se dan cuenta de que es un fallo inherente de la democracia. Si se hace la comparación entre un presidente y un rey, es evidente que el primero, aunque sea un buen hombre (cosa harta difícil), si piensa en su reelección dentro de pocos años, sabe que no le conviene proponer soluciones a largo plazo. Y si el presidente es corrupto (cosa no tan difícil), querrá saquear las arcas del estado lo más rápidamente posible, antes de que acabe la legislatura. Un rey, aunque sea malo, piensa no solamente en su propio reinado, que puede ser de varias décadas, sino en el de su hijo que le sucederá, y por tanto está obligado a pensar en el largo plazo. Por muy tirano que sea, le importa tanto la situación de su país dentro de 50 años como la de ahora.

Caudillo de España, por la gracia de Dios
Pensemos en el Generalísimo Francisco Franco, jefe del Estado español durante casi 40 años. Al no tener que buscar la reelección periódica en las urnas, Franco era capaz de pensar exclusivamente en el bien común de los españoles y planificar a largo plazo. Su patriotismo está fuera de toda duda; lo demostró innumerables veces en el campo de batalla. Gobernó como un padre gobierna a sus hijos; protegió a España de las amenazas interiores y exteriores; prohibía lo que iba en detrimento de la moral pública; castigaba a los malhechores, a la vez que trabajaba por la reconciliación entre los dos bandos de la guerra; se preocupaba por los pobres, pero nunca a costa de la justicia; sentó las bases para una prosperidad económica, pero sin gastar nunca más de lo que recaudaba. Bajo Franco España, sin comprometer nunca su soberanía nacional, se recuperó lentamente del desastre de la guerra prácticamente sin ayuda externa; se vivía en paz, sin grandes tensiones sociales; y las familias estaban unidas. En los colegios los jóvenes recibían una buena educación académica y moral; se ensalzaba el valor del esfuerzo y la disciplina; y los alumnos respetaban a los maestros. Lo más importante es que era un país plenamente católico y orgulloso de serlo.

¿Cómo podemos comparar los logros de la dictadura de Franco con los últimos 40 años de democracia? Durante la democracia España ha sido invadida por millones de extranjeros, la mayoría de ellos de religión islámica; se ha potenciado todo tipo de vicio y degeneración moral; los tribunales dejaron de castigar a los delincuentes por no vulnerar sus derechos humanos; el gobierno ha fomentado el revanchismo y el odio fratricida; se ha esquilmado con impuestos desorbitados a la clase media para subvencionar a millones de parados profesionales; se ha arruinado económicamente el país, contrayendo deudas con todos; se ha cedido casi por completo la soberanía a la Unión Europea; las crisis secesionistas ponen en peligro la integridad territorial de la nación; y las familias están destrozadas, tras millones de divorcios y la normalización del concubinato. El sistema educativo produce analfabetos indisciplinados; algunos institutos parecen zoológicos; y la falta de respeto a los maestros está a la orden del día. Lo más grave es que España es un país de apóstatas, donde el odium fidei y la blasfemia campan a sus anchas. POR SUS FRUTOS LOS CONOCERÉIS. Los frutos de la democracia en España son amargos, y la historia se repite en otros países.

En democracia, al necesitar la aprobación de la mayoría de los ciudadanos cada ciclo electoral, es imperativo que los que gobiernan manejen la opinión pública. La libertad de prensa es uno de los dogmas democráticos, y muchos piensan que esto garantiza la transparencia y favorece una sociedad libre. En realidad, lo que ocurre siempre es que los grandes medios de comunicación, se posicionan en un bandos opuestos, cada uno apoyando al partido de su elección. Los adeptos al Partido A leen el periódico X y los adeptos del Partido B leen el periódico Y, y cada uno se cree acríticamente lo que lee en su periódico. Esto, naturalmente, sólo contribuye a la cretinización del pueblo. Para caer en el forofismo, como si tu partido político fuera un club de fútbol, más vale no saber nada de política.

Para colmo, tanta supuesta rivalidad entre un partido y otro es puro teatro. En una democracia liberal, si rascas un poco, debajo de las disputas superficiales verás que el Partido A y el Partido B son en realidad la misma cosa. Es un enorme timo, que tiene al pueblo entretenido con las riñas de los políticos de turno, como los tontos que juegan a encontrar la bolita del trilero. Los grandes medios de comunicación, con su monopolio sobre la información política, mantienen cautivos a los ciudadanos, que creen que están eligiendo algo, cuando realmente están programados con campañas de propaganda muy sofisticados y extremadamente eficaces.

Imaginemos que mañana la televisión pública emitiera un programa sobre el canibalismo, argumentando que hay gente que siente atracción por ese "estilo de vida" y que habría que ser tolerante hacía ellos. Sin duda la reacción inicial sería muy negativa, pero si después de un tiempo prudencial se volviera a hacer, la segunda vez el rechazo sería menos violento. Si entretanto se orquestara una campaña mediática para legalizar el canibalismo, con "expertos" de todo tipo dando opiniones favorables, famosos que se declararían en contra de la discriminación hacía los caníbales, y un bombardeo constante de eslóganes como "derechos para todos", igualdad para caníbales", no dudo de que la opinión de la mayoría poco a poco cambiaría.

Todo este sistema de lavado de cerebro democrático funcionaba perfectamente, hasta la irrupción en escena de internet. De pronto cualquiera, incluso un servidor, podía montar sin costo alguno un blog y escribir lo que le venía en gana. Al no necesitar ingentes cantidades de dinero, ni apoyos políticos, los nuevos medios en internet se escapan del control del Sistema democrático, poniendo en juego la misma supervivencia del régimen. Por esta razón vaticino que próximamente veremos una censura feroz de las redes sociales y todo internet. El problema que tiene el Sistema es que ir en contra de uno de sus propios dogmas, como es la libertad de expresión, le deja en mal lugar. Por eso están tardando tanto en cerrar los canales disidentes. Pero ya han encontrado la vía para hacerlo; lo harán usando otro de sus dogmas: la tolerancia. El que publique contenidos «ofensivos» será censurado, con lo cual se acabará con todos los herejes que osan poner en duda la religión democrática.

En la primera constitución española de 1812, conocida como "La Pepa", a pesar de tener una inspiración liberal, dice en su artículo duodécimo:
La religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas y prohíbe el ejercicio de cualquier otra. 
Esto no es democrático, y es justo lo que necesita un país: algo que garantiza que las leyes se conformen mínimamente a la ley natural y divina. Poncio Pilato ya sometió el cristianismo a votación y todos sabemos como acabó aquello. Sin límites muy claros al poder político, el pueblo, si es manipulado por una élite corrupta, y si se deja llevar por sus pasiones y sus egoísmos, siempre elegirá a Barrabás.

domingo, 8 de abril de 2018

Libertad de Expresión es Libertad para Blasfemar

En esta larga agonía de Europa, con la terrible amenaza que representa la islamización, muchos católicos son tentados de unirse al bando liberal. Frente a la mordaza de la corrección política, que siempre censura cualquier crítica hacía el Islam, la libertad de expresión puede parecer una excelente idea; y frente a la cristofobia de los marxistas, la libertad de culto parece una buena causa. Pero no debemos perder de vista que estas "libertades" son pestes tan funestas como el mismo Islam. De hecho, el triunfo del liberalismo es lo que ha provocado el declive de Occidente.

En EEUU, donde las falsas libertades están arraigadas en la misma Constitución, los conservadores conciben la lucha contra los progresistas como una defensa de estos "valores", frente al totalitarismo del marxismo. Son incapaces de ver más allá de 1776, de imaginar que antes de la independencia de los EEUU hubo algo mejor que la libertad para hacer y decir lo que te diera la gana. Se han olvidado de la Cristiandad, fundada no sobre libertades subjetivas, ni sobre el relativismo moral, sino sobre la Verdad de Nuestro Señor Jesucristo. En la Europa del siglo XIV, apelar a una supuesta libertad para decir cualquier cosa que quisieras, aunque ofendiera la dignidad divina, sería el colmo de la impiedad. Muchos creen que esto supone un progreso en la conciencia colectiva de la humanidad, pero es todo lo contrario. Hemos retrocedido significativamente; hemos sustituido la defensa de la Verdad objetiva, Nuestro Señor, por la protección legal de las opiniones subjetivas.

La típica objeción conservadora es que todo el mundo tiene derecho a sus opiniones, y se pueden expresar sin necesidad de ofender a nadie. La libertad de expresión, por tanto, engloba todas las opiniones que no ofendan gratuitamente a ningún colectivo de la sociedad. Esta idea es totalmente incoherente e impracticable, porque en realidad es imposible abrir la boca sin potencialmente ofender a alguien. Hoy en día vemos que se estrecha el cerco de la corrección política; casi cualquier opinión inteligente puede ser interpretado como una muestra de intolerancia o una incitación al odio, especialmente si dices algo crítico acerca de un grupo protegido por el Sistema (entre los cuales no estamos los católicos, por descontado).

En España, ante el reciente diluvio de ataques hacía la religión católica, el obispo de San Sebastián, Monseñor José Ignacio Munilla, dijo una frase que le ha valido el aplauso de muchos medios católicos:
Si la blasfemia es libertad de expresión; entonces, la corrupción es economía de mercado.
Yo no aplaudo esta frase. Es encomiable (y también bastante raro) que de vez en cuando un obispo español salga en defensa de la fe, pero los defensores de la libertad de expresión dirán todo lo contrario: la blasfemia SÍ está amparada por la libertad de expresión. Por ejemplo, la Primera Enmienda de la Constitución estadounidense no contempla límites a lo que se puede decir, con las evidentes excepciones de las amenazas, la incitación a la violencia y la calumnia. Además, si analizamos el contexto de la frase de Monseñor Munilla, veremos que lo que entiende por blasfemia no es lo que siempre han entendido los católicos. Su frase aludía a una declaración conjunta de la Conferencia Episcopal Española con representantes de otras confesiones religiosas, cuyo primer artículo expresaba:
preocupación y tristeza por las constantes y reiteradas ofensas a los sentimientos religiosos de los fieles de distintas confesiones.
Hay dos cosas que observar. Primero, para los obispos españoles el problema es esencialmente cosa de SENTIMIENTOS. Lógico. Para que firmasen la declaración mahometanos, judíos y protestantes, era necesario hablar en términos puramente subjetivos. ¡Los expertos ecumenistas saben que nunca hay que dejar que una doctrina te fastidie la fiesta! En lugar de preocuparse por Dios Mismo, el objeto de las blasfemias, piensan que ellos son las víctimas, porque sus "sentimientos religiosos" han sido ofendidos. En la definición de blasfemia que da el Diccionario Católico Conciso de 1943 no hay mención alguna de sentimientos. Dice que la blasfemia es:
Una palabra o acto que insulta a Dios o las cosas sagradas. Es un pecado contra la religión y puede dirigirse directamente a Dios o indirectamente, mediante el desprecio hacía Su Iglesia, a Sus santos, o las personas o cosas sagradas.  
Segundo, para los obispos españoles, un ataque hacía cualquier religión falsa es equivalente a un ataque hacía la religión verdadera, como si la falsedad mereciera el mismo trato que la verdad. Lejos de ser condenable, atacar falsas religiones puede ser un gran acto de caridad, porque libra las almas de las cadenas del error. Pensemos en las ásperas polémicas de San Francisco de Sales contra el protestantismo, la cruzada de Santo Domingo contra los albigenses, o el obispo de Valencia, San Juan de Ribera, que dedicó su vida a luchar contra el Islam, que calificó de "un culto impío, vicioso y blasfemo." Es difícil, por no decir imposible, reconciliar la postura intransigente contra las falsas religiones de estos santos, con la de los obispos españoles actuales, tan preocupados por no herir los sentimientos de nadie.

Volviendo a Monseñor Munilla, sabemos que su concepto de blasfemia dista mucho de ser católico cuando alaba esta declaración conjunta, diciendo que es:
un signo de la buena salud del diálogo interreligioso y una prueba de cómo los principios religiosos rectamente entendidos contribuyen a poner las bases del diálogo social en un respeto mutuo.
En algo tiene razón: que la CEE firme una declaración infumable, que destila indiferentismo religioso, con todo tipo de infieles y herejes, es un signo de que el diálogo interreligioso goza de buena salud. ¡Lástima que sea a costa de la salud de la Iglesia Católica!

¿Quién blasfema?
Sin darse cuenta, el concepto que tienen los liberales de la blasfemia es en sí mismo blasfemo. Si para ellos no importa de la verdad de una opinión religiosa, sino la ofensa subjetiva que pueden sentir otras personas, quiere decir que Nuestro Señor nunca tenía que haber afirmado Su divinidad ante Caifás durante Su juicio. Cuando Jesús cita la profecía de Daniel y Caifás rasga sus vestiduras y grita "¡blasfemia!", no es aventurarse demasiado decir que los "sentimientos religiosos" del sumo sacerdote fueron muy heridos. Según la lógica de los liberales, esto significa que Jesucristo es un blasfemo. Y esto sí es blasfemia, de la verdadera.

¿Cómo hemos llegado a esta situación, en que la jerarquía de la Iglesia rehúsa defender a Nuestro Señor de los insultos que recibe? ¿Cómo es posible que a nuestros obispos les importan más los sentimientos de la gente que la gloria divina? Creo que un breve repaso histórico puede ayudar a entender porqué la gran mayoría de católicos ahora creen en falsos derechos, como la libertad de expresión.

La filosofía liberal, con sus ramas políticas, económicas y religiosas, es hija de las herejías protestantes del siglo XVI. Al exaltar la capacidad del individuo para determinar cuestiones que antes eran prerrogativas exclusivas de Dios y de Su Iglesia, el herético libre examen de las Escrituras de Lutero abrió la proverbial caja de Pandora. Dicha herejía permitió que cada cristiano pudiera decidir por sí mismo lo que estaba bien y lo que estaba mal; que cada cristiano capaz de leer, al escrutar la Biblia, descubriera su propia "verdad". La proliferación de sectas protestantes incluso durante la vida de Lutero, cada una con una interpretación distinta de la Biblia, y las terribles guerras de religión del siglo XVII, desembocaron en la filosofía liberal. Para evitar conflictos religiosos, el liberalismo proponía una solución, pero una solución falsa, ya que su premisa principal es falsa. Los proponentes del liberalismo decían más o menos así:
Dado que es imposible ponerse de acuerdo en materia religiosa, porque cada uno tiene opiniones muy fundadas, deberíamos permitir que todos practiquen libremente la religión que les plazca y que todos expresen libremente las ideas que sean, siempre que no alteren el orden público y no inciten a cometer actos de violencia contra otros. En aras de la paz social, todos los ciudadanos deben tener derecho a la libertad de culto y a la libertad de expresión.
La premisa falsa del liberalismo es que el hombre no puede tener certeza en materia religiosa, por lo que una opinión vale tanto como otra. Esto es radicalmente falso, porque Dios ha dado al hombre capacidad de raciocinio para distinguir entre la verdad y el error. Si hay tantos que siguen a falsos profetas y creen en doctrinas heréticas, no es por falta de conocimiento, sino por las pasiones y el pecado del hombre. El vicio y la maldad suelen ir de la mano con el error, mientras el que busca con puro corazón a Dios termina encontrando la Verdad. Nuestro Señor prometió que el que busca encuentra, por lo que negar que el hombre sea capaz por su propia inteligencia de conocer la verdad es llamar mentiroso a Dios Mismo. 

Hoy en día es difícil hablar de este tema desde una perspectiva auténticamente católica, porque tras 250 años de liberalismo, la mayoría de católicos han adoptado las tesis revolucionarias sobre falsos derechos, como la libertad de expresión, la libertad de prensa y la libertad religiosa. Conviene recordar que la famosa Declaración de los Derechos del Hombre, de donde provienen todos estos falsos derechos (falsos porque atentan contra los derechos de Dios), fue fruto de la Revolución Francesa de 1789. Esta revolución, promovida por los enemigos de la Iglesia, principalmente ateos y masones, derrocó el Antiguo Régimen monárquico, teocéntrico y jerárquico, con Dios en la cima, cuyo origen se remonta a la Cristiandad, para reemplazarlo con un régimen democrático, liberal, igualitarista, construido sobre la supuesta dignidad del hombre, al margen de cualquier consideración religiosa. Por esta razón la Iglesia Católica no tardó en condenar dicha declaración falaz. Lo hizo el Papa Pío VI en su encíclica de 1791, Quod aliquantum, con estas palabras:
El efecto obligado de la constitución decretada por la Asamblea es el de destruir la religión católica y con ella, la obediencia debida a los reyes. Es desde este punto de vista que se establece, como un derecho del hombre en la sociedad, esa libertad absoluta que asegura no solamente el derecho de no ser molestado por sus opiniones religiosas. sino también la licencia de pensar, decir, escribir, y aun hacer imprimir impunemente en materia de religión todo lo que pueda sugerir la imaginación más inmoral; derecho monstruoso que parece a pesar de todo agradar a la asamblea de la igualdad y la libertad natural para todos los hombres. Pero, ¿es que podría haber algo más insensato que establecer entre los hombres esa igualdad y esa libertad desenfrenadas que parecen ahogar la razón, que es el don más precioso que la naturaleza haya dado al hombre, y el único que lo distingue de los animales?
Desde sus inicios, la Iglesia ha combatido sin tregua la peste liberal. Toda la historia de la Iglesia durante el siglo XIX es en el fondo una lucha contra el liberalismo, con grandes Papas como Pío IX y León XIII a la cabeza del bando contrarrevolucionario. El Syllabus, el documento de referencia de esta lucha anti-liberal, publicado en 1864 por Pío IX, condena 80 errores liberales, entre ellos la separación entre la Iglesia y el Estado [nº 55], el indiferentismo religioso [nº 15-17], y los falsos derechos inventados tras la Revolución Francesa. Merece la pena citar algunas de las tesis condenadas en el Syllabus por el Papa Pío IX.
  • En la época actual no es necesario ya que la religión católica sea considerada como la única religión del Estado, con exclusión de todos los demás cultos. [nº 77]
  • Por esto es de alabar la legislación promulgada en algunas naciones católicas, en virtud de la cual los extranjeros que a ellas emigran pueden ejercer lícitamente el ejercicio público de su propio culto. [nº 78]
  • Porque es falso que la libertad civil de cultos y la facultad plena, otorgada a todos, de manifestar abierta y públicamente las opiniones y pensamientos sin excepción alguna conduzcan con mayor facilidad a los pueblos a la corrupción de las costumbres y de las inteligencias y propaguen la peste del indiferentismo. [nº 79]
La lucha anti-liberal del siglo XIX prosiguió con la lucha anti-modernista de la primera mitad del siglo XX. El modernismo fusionó los errores liberales con el progresismo filosófico alemán, que atacaba el corazón de la Religión Católica; proponía, entre otros errores, el relativismo moral, la negación de la Revelación Divina, el cientifismo y el subjetivismo. El campeón en la lucha anti-modernista sin duda fue el Papa San Pío X; su defensa de la fe fue tan brillante que durante un tiempo mantuvo a raya a los modernistas, y hasta parecía que la Iglesia había ganado definitivamente la guerra contra la Revolución. No obstante, el triunfo fue solamente temporal, la paz fue tan sólo un alto el fuego. Con el Concilio Vaticano II los modernistas salieron de sus escondites y con un golpe de efecto se hicieron con el mando de la Iglesia. Dijo uno de los modernistas más influyentes de la época, el Cardenal Suenens, con una sinceridad que es de agradecer, que el Concilio Vaticano II fue la Revolución Francesa en la Iglesia. Huelga decir que tras el Concilio, que según Juan XXIII tenía como fin abrir la Iglesia al mundo, la jerarquía eclesial abandonó la lucha anti-modernista. Desde entonces los revolucionarios ocupan los puestos de poder en la Iglesia y los contrarrevolucionarios que aún luchan contra los errores liberales se ven confinados las catacumbas.

Al desaparecer el contrapeso contrarrevolucionario de la Iglesia, el triunfo del liberalismo en el ámbito secular ha sido casi completo, y todas las constituciones de Occidente reconocen el falso derecho de la libertad de expresión. ¿Qué puede hacer ante este panorama desolador un católico, que aún cree en la realeza de Nuestro Señor Jesucristo? Aconsejo lo mismo que Él: ser astutos como serpientes e inocentes como palomas. Podemos APROVECHARNOS de las falsas libertades, para que sirvan a la Verdad. Por ejemplo, si en EEUU hay libertad de expresión, por mucho que se ofendan ciertos colectivos, nadie podrá acallar a los católicos que se atrevan a predicar la verdadera religión. No serán populares, pero tampoco podrán hacerles nada con la Ley en la mano. Aunque no creamos en ese falso derecho, todos podemos acogernos a él, para poder hacer llegar el mensaje de Cristo. Para mantenernos inocentes como palomas, nunca debemos olvidarnos de que el error no tiene derechos, y debemos luchar sin tregua contra la blasfemia.

En otros países como España no existe ni siquiera la protección legal para expresarse libremente. En estos casos, la mejor defensa es señalar la doble vara de medir con que se censuran opiniones fuera de la corrección política. Los mahometanos tienen práctica total libertad para decir lo que les dé la gana, porque son un colectivo protegido, un aliado de los progresistas. Si ellos pueden decir, por ejemplo, que los actos homosexuales son inmorales, ¿cómo no vamos a poder decir lo mismo los católicos?
Por último, aconsejaría elegir bien las batallas. No merece la pena acabar en la cárcel por un tema menor. Por otra parte, si lo que defendemos en público es Palabra de Dios, merece hasta dar la vida por ello.

Tenemos que recordar que todo lo que decimos es susceptible de ofender a alguien, y que a menudo las cosas más importantes, lo que la gente más necesita oír, es lo que más ofende. No seamos como los obispos españoles, tan deseosos de congraciarse con herejes e infieles que nunca dirán nada que les violente la conciencia. Para un mahometano, decir que Dios es una Trinidad es blasfemia; para un judío, decir que Jesucristo es Dios es una blasfemia; para un protestante, decir que la Misa es el Sacrificio de Nuestro Señor en la Cruz es una blasfemia. Pero no tiene la más mínima importancia lo que piensen los que están fuera de la Iglesia sobre el tema. Lo que siempre han entendido los católicos por la blasfemia es un ataque a la verdadera religión. Nadie tiene derecho a propagar la herejía o a decir una blasfemia. Sólo hay derecho a decir LA VERDAD.


Si viviéramos en un país verdaderamente cristiano, la blasfemia estaría duramente castigado; pensemos en la Francia del rey San Luis, que mandaba cortar la lengua a los blasfemos. En la época de Franco en España, soltar una blasfemia en público, si te oía la policía, acarreaba una cuantiosa multa. Pero, por desgracia, ahora vivimos en democracias, donde lo que prima es la libertad para todo y la blasfemia hasta se disfraza de expresión artística. Recordemos lo que decía San Juan Crisóstomo:
No hay pecado peor que la blasfemia, porque en sí reúne todos los males y castigos.


sábado, 10 de marzo de 2018

El acólito, muy cerca de Dios


Uno de los privilegios más grandes en mi vida ha sido acolitar en la Misa tradicional. El que lo ha hecho sabe la emoción que te embarga cuando se hace el silencio en la sacristía y el sacerdote empieza a vestirse mientras recita sus oraciones; al oír el tañido de la campana sales con paso sereno delante del sacerdote, las manos juntadas en actitud orante, vestido con la sotana y el alba. Te arrodillas delante del altar con el sacerdote, éste prepara el misal y en seguida hacéis la señal de la Cruz y empiezáis a recitar el salmo 42: "Et introibo al altare dei". 

El trabajo del altar es algo muy serio; es donde se realiza el Santo Sacrificio, sin el cual estaríamos todos perdidos. En un sentido físico se puede decir que el acólito está muy cerca de Dios, pero de nada sirve si su corazón está lejos de Él. Por la responsabilidad que entraña servir en el altar, el acólito tiene una especial obligación de vivir en gracia de Dios y esforzarse por ser intachable en su conducta. Cuando en una parroquia se forma un grupo de acólitos, se produce un efecto muy beneficioso, especialmente para los jóvenes, exactamente como lo describe la Escritura: El hierro se afila con el hierro (Porverbios 27:17) La camaradería entre chicos que acolitan es algo maravilloso, que hay que fomentar.

El servicio del altar es además la antesala del sacerdocio, un verdadero vivero de vocaciones. ¡Cuántos sacerdotes se han enamorado del sacerdocio por acolitar de pequeños! Tradicionalmente se ha entendido que el oficio de acólito y el sacerdocio iban de la mano; de hecho, una de las órdenes menores, desgraciadamente suprimidas tras el Concilio Vaticano II, se llama "acólito". Se han hecho encuestas sobre el tema y siempre sale un dato revelador: la gran mayoría de hombres que se han ordenado sacerdotes, antes de entrar al seminario habían servido como acólitos. Esto es así entre las parroquias Novus Ordo; mucho más entre las comunidades tradicionales.

Un ejemplo llamativo de amor a Dios manifestado en el servicio del altar es el que cuenta Bernard Tissier de Mallerais en su biografía de Monseñor Lefebvre. De pequeño, cuando vivía en su Tourcoing natal (Francia), el joven acolitaba todos los días en la Misa de 6 de la mañana. Durante la Primera Guerra Mundial, los ocupantes alemanes establecieron un toque de queda, que hubiera impedido su asistencia a la Misa de esa hora tan temprana. Sin embargo, el futuro arzobispo, de tan solo 12 años, antes que quedarse sin acolitar, prefirió burlar las patrullas alemanas cada mañana para poder llegar desde su casa hasta la iglesia. ¡Sin duda Dios premió esa demostración de celo por Su altar!

Siempre se ha entendido que el servicio del altar es exclusivamente para varones. No es que los chicos tengan más "derecho" de acolitar que las mujeres; en el fondo, nadie tiene derecho de servir en el altar del Señor. Es simplemente cuestión de que cada uno ocupe el lugar que le corresponde en la Iglesia. Tras las desastrosas reformas litúrgicas del Concilio, entre otros abusos, como la comunión en la mano y los ministros extraordinarios de la Eucaistía, surgió la novedad de las niñas monaguillas. Dondequiera se haya implantado esta práctica, se ha arruinado el semillero de vocaciones que antaño suponía acolitar en Misa. Cabe preguntarse si la intención de los modernistas innovadores no era precisamente ésta. Hay datos contundentes. Por poner un ejemplo, la única diócesis en EEUU donde no han permitido a las monaguillas es Nebraska. Resulta que esta diócesis es también la que tiene la mayor tasa de vocaciones sacerdotales del país.

El modus operandi de los modernistas fue el mismo de siempre: primero lo intentaron por las buenas. Cuando en 1980 Juan Pablo II, en Inestimabile Donum les dijo categóricamente "NO", lejos de rendirse, pasaron a la segunda fase: buscar una rendija por donde colarse. En 1983 se publicó el nuevo Código de Derecho Canónico, y allí encontraron lo que querían: el canon 230/2, que dice así:
Por encargo temporal, los laicos pueden desempeñar la función de lector en las ceremonias litúrgicas; así mismo, todos los laicos pueden desempeñar las funciones de comentador, cantor Y OTRAS, a tenor de la norma del derecho.
La ambigüedad de la coletilla "y otras" llevó a plantearse una dubium (o duda), a la cual el Papa respondió que sí se podía permitir a las mujeres participar en el servicio del altar. ¡Tan sólo tres años tardó en dar un giro de 180 grados en este asunto! A mi juicio, esta cesión a los modernistas es una muestra de cobardía por parte de Juan Pablo II; en lugar de mantenerse firme y defender la sacralidad de la liturgia, imitó a los politicuchos que tanto apego tienen al "donde dije digo, digo Diego".

Hasta el modernísimo Arzobispo de París, el Cardenal Vingt-Trois, dijo que en cuanto las mujeres se metían en la sacristía para servir en el altar, los hombres desaparecían en una nube de polvo. En una interesante entrevista del 2015, el Cardenal Burke explicó que desde el Concilio Vaticano II la liturgia ha sido feminizada, y cuando los hombres ven un ambiente femenino, sienten que no es su sitio. Además, el servicio del altar en la Misa tradicional requiere gran atención al detalle y mucha precisión en cada gesto. Todos sabemos que en general las mujeres son más detallistas que los hombres, por lo que si alguna vez se permitiera que las niñas acolitaran en la Misa tradicional, no tengo duda de que se les daría mejor que a los hombres. No se trata de quien tiene más dotes para acolitar, ni de quien tiene más derechos, sino de mantener el servicio del altar como dominio exclusivamente masculino, una tradición que tiene unos 4000 años, desde los tiempos del Patriarca Abraham. Un dicho popular dice: "antes de derribar un muro, pregúntate porqué se puso allí."

Una persona que ha escrito cosas muy profundas sobre este tema es Alice Von Hildebrand, la viuda del eminente teólogo, Dietrich Von Hildebrand. Ella explica que el cuerpo de la mujer es sagrado en un sentido más elevado que el cuerpo del varón, por ser tabernáculo de la vida. El papel del hombre es proteger ese tabernáculo, igual que San José protegió a la Virgen María, tabernáculo viviente de Nuestro Señor. Por esta razón es preciso que solamente los hombres se encarguen del altar. Nadie debe tener envidia del acólito, porque todos tenemos el privilegio de recibir en nuestro cuerpo al Mismísimo Dios en la Santa Comunión, lo que nos convierte, durante unos pocos minutos, en verdaderas custodias.

sábado, 17 de febrero de 2018

La Crisis de la Masculinidad

Hoy en día, en la sociedad occidental post-cristiana, la debilidad se ha convertido en una virtud. El hombre ideal, para los modernos, es el que se disculpa por todo, que piensa todo el día en como no ofender a nadie, evitando a toda costa el enfrentamiento y hablando siempre de diálogo y tolerancia. Es decir, un hombre que no es hombre. En la guerra contra Dios, Satanás intenta destruir al ser humano, y no hay mejor forma de hacerlo que desvirtuando su naturaleza. Por esto, quiere que los hombres se comporten como mujeres y que las mujeres se comporten como hombres. Los hombres reales (no los personajes de películas) que demuestran virtudes masculinas, como el valor, el honor y el sacrificio, son vilipendiados. Se habla de masculinidad tóxica (nunca he oído hablar de feminidad tóxica), se insinúa que todos los hombres somos violadores en potencia y se fantasea sobre un mundo feliz gobernado por mujeres.

Esta ideología feminista sólo ha arraigado en Occidente; los países asiáticos y africanos viven al margen de esta degeneración post-cristiana. El peligro es que si los países occidentales se entregan al feminismo radical, enarbolando la debilidad como bandera, reduciendo sus fuerzas armadas a meras ONG´s, y convirtiendo a sus hombres en idiotas afeminados, los países que NO han sido infectados por esta enfermedad mental nos verán como presa fácil y atacarán. Ya está ocurriendo con el Islam. Los mahometanos no están invirtiendo los roles naturales del hombre y de la mujer, por lo que su sociedad mantiene vigor: su población es joven y en constante aumento. Perciben nuestra debilidad y saben que su hora llegará pronto. Con el peligro que cierne sobre Occidente, es hora de que los hombres católicos rechacemos el estigma que esta sociedad perversa proyecta sobre la masculinidad.

Debemos oponernos a toda costa a la búsqueda de igualdad entre hombres y mujeres, porque es una abominación y sólo puede traer consecuencias devastadoras para nuestra civilización.  Hace unos 2500 años dijo esto Aristóteles:
El macho, a menos se desnaturalice de alguna manera, es naturalmente más apto para el liderazgo que la hembra.
El hombre y la mujer NO SON IGUALES y jamás lo serán. Hoy en día decir una cosa así suena chocante. Es una herejía para nuestro tiempo; es como decirle a un español del siglo XVI que María no era virgen en el parto. Igual que San Ignacio de Loyola estuvo tentado de matar a un moro por decir precisamente esto, el español del siglo XXI, al escuchar que la mujer no es igual al hombre, monta en cólera y es capaz de denunciarte a la policía por incitación al odio. Por esta razón, para no acabar en la cárcel, debo precisar; cuando digo que el hombre y la mujer no son iguales, no me refiero a su dignidad intrínseca como criaturas hechas a imagen de Dios. Me refiero más bien a que son diferentes; no sólo físicamente, sino también psicológicamente y espiritualmente. Los liberales que actualmente gobiernan prácticamente todos los países de Occidente usan un lenguaje equívoco, seguramente de manera deliberada, porque decir que ambos sexos son iguales es a la vez verdadero y falso; es verdadero si se refiere a una igualdad esencial, porque no podemos decir que un sexo tiene mayor valor que otro; y es falso si se refiere a una igualdad accidental, porque lo que es diferente no puede ser idéntico. Decir que hombres y mujeres son iguales en este segundo sentido, es tan necio como decir que los niños y los adultos son iguales. Evidentemente, la vida de un niño tiene el mismo valor que la de un adulto, pero ambos piensan, sienten y actúan de formas muy distintas. El truco de los liberales es que en Occidente, gracias al cristianismo, creemos en la igualdad de dignidad entre la mujer y el hombre, pero con la ambivalencia de su lenguaje, nos cuelan una idea que es radicalmente opuesta al cristianismo: que el hombre y la mujer, excepto evidentes diferencias anatómicas, son idénticos.

Está cada vez más claro, por investigaciones científicas, que el cerebro masculino es muy distinto al cerebro femenino. Ojo, no he dicho ni mejor ni peor; sólo DIFERENTE. También se ha demostrado una y otra vez que los intereses, las motivaciones y las prioridades vitales de hombres y mujeres son distintos. Por todo ello, es absurdo esperar que en todos los ámbitos de la vida haya una igualdad de resultados entre los dos sexos. Estoy a favor de dar las mismas oportunidades a todo el mundo, pero me opongo a luchar contra viento y marea en aras de una igualdad de resultados. Empeñarse, por ejemplo, en que entre los ingenieros haya el mismo número de mujeres que de hombres, es como cultivar olivos en Alaska: va en contra de la naturaleza. ¿No sería más lógico dejar que cada uno elija libremente lo que quiere hacer y aceptar los resultados? En los países escandinavos, donde las mujeres son más libres que en cualquier otra parte del mundo para tomar decisiones sobre su vida personal, la realidad contradice completamente la narrativa feminista. Según este estudio, cuanto mayor igualdad de oportunidades exista entre los sexos, mayor disparidad en las elecciones profesionales. Por eso en Noruega las mujeres dominan las profesiones médicas, mientras que hay poquísimas en las carreras científicas. La lección no puede ser otra: cuando dejas que cada uno elija, los sexos eligen cosas diferentes... PORQUE SON DIFERENTES. Si las diferencias entre hombres y mujeres fueran puramente anatómicas, sería difícil explicar porqué entre los mejores 100 jugadores de ajedrez sólo hay una mujer, porque a mí no me parece un juego muy físico. ¿Podría ser que el ajedrez requiere una forma de inteligencia en la que sobresalen los hombres?

En la guerra contra la masculinidad se dice que los hombres y mujeres son intercambiables. Al hombre se le sermonea, diciendo que tiene que abrirse a su lado femenino; tiene que ser cariñoso, conciliador, detallista y "ayudar" en casa; pero se habla poco de la importancia del padre en el hogar, sobre todo en relación con un aspecto eminentemente masculino: la autoridad. Sobre la autoridad, sabemos por las estadísticas que los niños criados en hogares donde no vive el padre tienen muchísimas más probabilidades de caer en el fracaso escolar, las adicciones y la delincuencia. A pesar de esta realidad tan evidente, desde el Poder se favorece la ilegitimidad y se quita valor al matrimonio y la estabilidad de la familia. Desde que el estado ofreció sustituir al hombre como proveedor en la familia, la mujer opta cada vez más por criar hijos sin padre. Aunque a corto plazo tiene sentido (muchas mujeres están encantadas de recibir dinero y recursos por el simple hecho de parir hijos fuera del matrimonio), a largo plazo los efectos de educar a millones de niños sin padre son devastadores.

Los dogmas feministas se imponen con gran celo (¡que ya quisieran la mayoría de católicos!) y pocos se atreven a contradecirlos. Cuando algún personaje público dice algo fuera de lo políticamente correcto, casi siempre al día siguiente presenta sus "más sinceras disculpas por las ofensas ocasionadas", por más razón que tenga. Los políticos suelen bajarse los pantalones rápidamente para evitar males mayores cuando perciben que han dicho algo demasiado polémico. Un buen ejemplo sería cuando el diputado español Toni Cantó dijo verdades sobre templos sobre la llamada violencia de género. Se refirió a las denuncias falsas, a los 3000€ que da la Unión Europea a España por cada mujer que denuncia a su pareja, y a la indiferencia con la que se mira el maltrato hacía los hombres. Ante el aluvión de indignación fingida por parte del lobby feminista, en lugar de dar la batalla por una causa digna, el diputado pronto pidió disculpas.

La medalla de oro para el hombre político más afeminado tiene que ser para el actual presidente de Canadá, Justin Trudeau. En cada ocasión que se presenta, Trudeau hace gala de su feminismo, que en su caso es una forma de odio hacía sí mismo. No sé si es homosexual, pero a juzgar por su comportamiento y su lenguaje corporal, es evidente que sus niveles de testosterona están bajo mínimos. En la imagen abajo se puede apreciar como Trudeau adopta una postura débil (tiene las piernas cerradas y está inclinado hacía atrás) que él considera virtuosa, y sonríe como un niño, una estrategia para ganarse a otros sin tener que recurrir a la fuerza. Frente a este alarde de debilidad, Donald Trump se sienta con las piernas abiertas, inclinado hacía delante, como un macho dominante, con una cara seria.



Este auto-proclamado feminista se molestó (no se puede decir que se enfadó, porque es tan ñoño que sería incapaz) cuando las autoridades inmigratorias de su país dijeron que los asesinatos por honor eran bárbaros. Dijo Trudeau que esa palabra "tan peyorativa" no servía para promover la concordia entre culturas. Es curioso como a alguien que dice defender los derechos de las mujeres le importan más los sentimientos de los que asesinan a las mujeres por no casarse con quienes manden sus padres, que la vida misma de esas mujeres. Tiene su explicación: estamos hablando de mahometanos que asesinan a mujeres y, como buen liberal, Trudeau se arrodilla delante de la Religión de la Paz [ver imagen abajo]. El Islam, una ideología totalitaria que de verdad discrimina injustamente en contra de la mujer, es una fuerza capaz de erradicar los vestigios que quedan de cristianismo en Occidente. Por esta razón Trudeau y los de su calaña fingen no ver cualquier misoginia en el Islam, mientras protestan cada día contra el malvado "patriarcado" que ha erigido el cristianismo e inventan injusticias imaginarias cada vez más ridículas.

Trudeau, el feminista islamófilo
Si duele ver a los hombres políticos de Occidente comportarse de esta manera tan pusilánime, en la Iglesia Católica es aún más doloroso. Enfrentarse a los enemigos hasta derrotarlos, tal y como lo hicieron los grandes Papas de antaño (tengo en mente a San Pío X), es una actitud demasiado masculina para la neo-iglesia postconciliar. Ahora el Vaticano prefiere apaciguar a los que odian a la Iglesia, y una forma de hacer esto es pedir perdón, se haya cometido una ofensa o no. El que puso de moda pedir perdón para aplacar a los enemigos de Dios fue el Papa Juan Pablo II. Pidió perdón por la Inquisición, las Cruzadas, el asunto Galileo, etc. ¿Queda algún aspecto de la historia de la Iglesia Católica por la que NO pidió perdón? No voy a enjuiciar las intenciones del Santo Padre; no puedo saber con qué intención pidió perdón por tantas cosas que, lejos de avergonzarnos, deben llenarnos de orgullo. Quizás había interiorizado las mentiras del enemigo, dando por históricamente seguras las leyendas negras acerca de la Iglesia que todos conocemos. Quizás pensó que ese gesto de "humildad" serviría para caer mejor a un mundo incrédulo. No lo sé. Lo que sí constato es que tras esa claudicación, esa muestra de debilidad, que muchos disfrazan de humildad, lejos de recuperar su prestigio perdido, la Iglesia Católica tiene cada vez menos influencia en nuestra sociedad.

"San" Juan Pablo II besa el Corán
El clérigo que aspire al episcopado hoy en día tiene que recordar una sola regla: no causar problemas. Aunque sus sermones aburran hasta las piedras, aunque no levante el dedo meñique por defender la fe católica, aunque no haga nada realmente valioso por nadie; si no se mete en polémicas, si nadie se ofende, tiene todas las papeletas de ser elegido obispo un día. Lo único que le falta es llevarse bien con la gente que mueve los hilos del Poder y saber ganarse sus favores. Igual siempre ha sido así hasta cierto punto en la Iglesia Católica. La corrupción y la mediocridad no son exclusivos de nuestro tiempo. Sin embargo, creo que generalmente el nivel del episcopado en el mundo ha bajado sustancialmente en las últimas décadas, y sospecho porqué... Según el Papa Juan XXIII, el principal objetivo del Concilio Vaticano II fue "abrir la Iglesia al mundo". Ahora que la Iglesia se ha mundanizado tanto, es inevitable que la mentalidad del mundo se haya apoderado de los prelados; en lugar de tener siempre presente a Dios y la vida eterna, piensan constantemente en sus intereses personales y en las ganancias de este mundo.

Esta debilidad de la jerarquía católica no debe sorprender a nadie si se analiza el nuevo rito de la Misa promulgado por Pablo VI en 1969. Respecto a la Misa de siempre, los cambios van todos en la misma dirección: hacía una feminización de la Iglesia. Algunos de ellos son:

  • Se disimulan todos los aspectos sacrificiales; el sentido esencial de la Misa deja de ser el sacrificio de la Cruz, al hacer hincapié en la congregación de los fieles y el banquete eucarístico. 
  • Se eliminan las referencias militares, como en el Sanctus: "Deus Sabbaoth" (Dios de los Ejércitos) se sustituye por "Dios del Universo". La lucha denudada contra el pecado se convierte en una peregrinación por este mundo.
  • El sacerdote se convierte en uno más de los asistentes, al difuminarse la diferencia entre el sacerdocio sacramental y el sacerdocio común de los fieles.
  • Se reducen y se suavizan las referencias penitenciales.
  • Se sugiere la herejía de la salvación universal, olvidando la existencia del Infierno. Un ejemplo, donde se dice explícitamente es el Prefacio X dominical, que reza así: Hoy, tu familia, reunida en la escucha de tu Palabra y en la comunión del pan único y partido, celebra el memorial del Señor resucitado, mientras espera el domingo sin ocaso en el que la humanidad entera entrará en tu descanso.


Si a estos cambios tan desacertados añadimos posteriores avances de los modernistas, como mujeres haciendo las lecturas y distribuyendo la comunión, niñas acolitando, sermones New Age de auto-ayuda, y cantos de una ñoñería insoportable, se entiende porqué la gran mayoría de hombres católicos han salido espantados de los templos. Esto lo ve claramente alguien que aún asiste a la Misa nueva: faltan los hombres. Dentro de poco, en las Misas de la neo-iglesia sólo quedarán mujeres, niños y maricones.

Un hombre al que admiraba me dijo una vez:
A los débiles, trátalos con suavidad; a los fuertes, con dureza. 
El hombre por antonomasia, Nuestro Señor Jesucristo, cumplió esta máxima a la perfección. Cuando trataba a los niños, enfermos y marginados era dulce y cariñoso; sin embargo, cuando tenía que enfrentarse a los poderosos, los trataba con una dureza temible. Esa es la marca del hombre de verdad. No hay que buscar la confrontación, pero a veces es inevitable. Por naturaleza las mujeres huyen de la confrontación, siempre prefieren el dialogo, los pactos. Quizás es por ello que Dios quiso que en Su Iglesia mandaran hombres.

Hoy en día lo que abunda en la Iglesia es justo lo contrario: hombres afeminados y acobardados que salen corriendo nada más avistar al enemigo, déspotas que aplastan a los pequeños y adulan a los poderosos. Podría poner muchos ejemplos, pero en aras de la brevedad, sólo ofrezco uno. Recientemente están saliendo a la luz noticias devastadoras sobre la Iglesia en China, donde al parecer Roma va a destituir obispos fieles para sustituirlos por obispos cismáticos a las órdenes del partido comunista chino. El Cardenal Zen, todo un icono para la resistencia católica en ese país, ha denunciado en una carta al Papa Francisco que lo que proponen es "vender la Iglesia china" ante las exigencias de los comunistas. Si ahora Roma accede a las exigencias de los comunistas, será todo un bofetón a los valientes mártires chinos, que han resistido y permanecido fieles desde la revolución de Mao. Será como decirles: vuestro sacrificio ha sido en vano, porque ahora cedemos ante la presión y les damos todo lo que quieren. ¿Qué diría Nuestro Señor al partido comunista chino? ¿Acaso ante Poncio Pilato se desdijo? ¿Ante Caifás y el Sanedrín les regaló el oído o les dijo la cruda verdad?

Resumiendo, los hombres tenemos que ser hombres y las mujeres tienen que ser mujeres, porque no somos iguales; somos diferentes y complementarios. Cuando los dos sexos vuelvan a su sitio el mundo quizás encontrará algo de cordura. Los hombres no debemos ceder ante la presión cultural de volvernos afeminados; debemos ser orgullosos de lo que somos y cultivar las virtudes masculinas. La crisis en Iglesia Católica tiene mucho que ver con la crisis general de la  masculinidad en Occidente. Para empezar, un buen remedio sería suprimir el nefasto nuevo rito de la Misa y reinstaurar la tradicional, que tan buenos frutos ha dado a lo largo de tantos siglos. Dondequiera se dice la Misa tradicional acuden multitud de hombres deseosos de entregarse a Dios como soldados de Jesucristo.

jueves, 8 de febrero de 2018

Lecciones de la Literatura

Aparte de saber que no estamos solos[1], una de las cosas que nos puede enseñar la literatura es como pensaba la gente en otras épocas. No importa que una historia sea ficticia y todos sus personajes inventados, porque las obras de los grandes escritores siempre reflejan actitudes y comportamientos de su tiempo. Lógicamente, para que una historia sea creíble, para que tenga buena acogida entre el público, las motivaciones de los personajes tienen que ser propias de su época. Uno puede objetar diciendo que los hombres no han cambiado esencialmente desde que el mundo es mundo. Esto es verdad; por esta razón nos siguen apasionando las historias del pasado y nos siguen pareciendo relevantes hoy en día. Sin embargo, las estructuras sociales y la mentalidad que las sostiene sí han cambiado. En este artículo examinaré tres ejemplos literarios que reflejan eras pasadas que hablan de cuánto ha cambiado la sociedad respecto a la de hoy.

Primero, la novela Jane Eyre de Charlotte Brontë. La protagonista homónima se enamora del Sr. Rochester, el dueño de la casa donde trabaja como institutriz. A pesar de cierto misterio que rodea el pasado de Rochester, cuando éste le pide matrimonio, Jane no cabe en sí de gozo y acepta. El vuelco dramático tiene lugar en la iglesia, cuando el ministro que oficia la ceremonia dice la frase de rigor: "si alguno presente conoce algún impedimento por el cual estas dos personas no deben contraer matrimonio, que lo diga ahora o calle para siempre." Un hombre en la sala exclama que no pueden casarse porque Rochester está casado con la hermana de éste. Ante el estupor de todos los presentes el novio lo reconoce; explica que de joven se casó en Jamaica con una mujer que luego se volvió completamente loca, que actualmente vive encerrada en el ático de su casa.

Hay que recordar un detalle importante: la autora y todos los personajes de su novela son protestantes; es decir, no creen en la indisolubilidad del matrimonio y en principio admiten el divorcio. No obstante, la protagonista entiende que las esperanzas de felicidad que había depositado en su unión con Rochester se han desvanecido para siempre. Presa de angustia y confusión, Jane se da a la fuga, con la intención de no volver a encontrarse jamás con su amado. Si la novela hubiera tenido lugar en la Inglaterra del siglo XXI en vez de principios del XIX, la solución a este problema hubiera sido muy fácil: un divorcio exprés y en 24 horas hubieran podido celebrar legalmente la boda. Una historia con este argumento no tendría ningún sentido hoy en día, simplemente porque un matrimonio previo no crearía conflicto alguno en la trama.

Si hasta los herejes protestantes, quienes negaban el sacramento, tenían en tan alta estima la fidelidad en el matrimonio, ¿como es posible que hoy en día la mayoría de católicos se divorcien, se rejunten y se vuelvan a casar por lo civil sin pensarlo dos veces? Hay que recordar además que el rey de Inglaterra, Eduardo VIII abdicó para poder casarse con una mujer americana divorciada, Wallis Simpson. Si el rey tuvo que elegir entre el trono y casarse con esta mujer, es una señal de que en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XX todavía quedaba un poso de moralidad cristiana, a pesar del cisma de Enrique VIII 4 siglos antes, y a pesar de todas las herejías y sectas que trajo aquello. Puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que en los 80 años sucesivos Inglaterra ha degenerado moralmente más que en los 400 años anteriores. Prueba de ello es que recientemente el príncipe Harry ha anunciado al mundo que también se quiere casar con una plebeya americana divorciada. En lugar de provocar un escándalo, que sería la reacción normal de un pueblo sano, se ha celebrado la noticia como si fuera un motivo de gran alegría.

El segundo ejemplo literario que habla de los cambios que ha sufrido la sociedad es la novela Keep the Apidistra Flying [2] de George Orwell, publicado en 1936, justo el año en que abdicó el rey Eduardo VIII. Esta novela narra las vicisitudes económicas y sentimentales de Gordon Comstock, un joven escritor idealista que deja su trabajo en una empresa publicitaria para intentar vivir de su arte. Su ilusión inicial pronto se desvanece y poco a poco pierde la esperanza de ver publicado el poema épico en que lleva años trabajando. Antes que volver a formar parte del sistema capitalista que tanto odia, el protagonista prefiere una vida de miseria; sin embargo, aún le queda un vínculo con lo que él llama la sociedad respetable: su novia, Rosemary. Rosemary es incapaz de entender porqué Gordon está arruinando su vida por una abstracción política, y le trata de convencer para que acepte un trabajo "de verdad". Orwell mismo era marxista, pero en esta novela critica duramente a los socialistas de salón que se suben al carro de las teorías progresistas de moda, a la vez que disfrutan de una vida acomodada y se benefician de todo lo que ellos mismos denigran. ¡Los progres de hoy en día han cambiado poco en este sentido con respecto a los años ´30!

A diferencia de Gordon, un librepensador cuyo anticapitalismo sofisticado conlleva el ateísmo, Rosemary aún no se ha emancipado de la moral cristiana, sobre todo en el terreno sexual. El sexo fuera del matrimonio en la Inglaterra de su día era considerado un pecado grave y la sociedad ponía todo tipo de obstáculos a la fornicación. Finalmente Rosemary cede ante la presión de Gordon y la pareja mantiene un encuentro íntimo, que el autor describe como un acto sórdido y decepcionante, tan desagradable que prácticamente pone fin a su relación. Un par de meses más tarde, cuando Gordon está a un paso de la indigencia, Rosemary aparece y le anuncia que lleva a su hijo en el vientre. Lo increíble, al menos para los criterios de hoy, es que Gordon, UN MARXISTA CONVENCIDO, no ve otra salida que casarse con su novia y aceptar un trabajo que desprecia para poder mantener a su incipiente familia. Orwell describe este final como la derrota del protagonista, atrapado por el destino. La opción del aborto pasa brevemente por la mente de Gordon, pero la descarta enseguida como una barbaridad. ¡Cómo ha cambiado el panorama en Inglaterra: un escritor marxista presenta el matrimonio como la única salida honrosa para una pareja que ha concebido a un niño!

Finalmente, para que no se piense que sólo leo literatura inglesa, ofrezco un extracto de un poema de José María Gabriel y Galán (1870-1905), un poeta que he descubierto recientemente gracias a uno de mis lectores. [3] Este gran poeta salmantino, católico devoto, de convicción carlista, representa lo mejor del tradicionalismo español del siglo XIX. Personalmente me es muy atractiva su obra, porque el mundo que describe es todo lo que añoro: la vida en el campo y una sociedad ordenada en base a la tradición y los ciclos naturales. Todos somos de campo en el fondo, ya que todos tenemos nuestro origen en el Jardín del Edén. La vida de ciudad embota nuestros sentidos; nos aleja no solamente de la naturaleza sino del Autor de la naturaleza. Creo que la belleza de la poesía de Gabriel y Galán reside en que expresa el modo tradicional e idóneo de la vida: la armonía entre el hombre, la naturaleza y Dios. Es un bálsamo para el alma en estos tiempos atormentados que nos han tocado vivir, un buen antídoto para la locura que se ha apoderado del mundo moderno. Espero que mis lectores disfruten de estas estrofas extraídas de un poema, que por mi profesión me gusta particularmente: Mi Música, de la colección Nuevas Castellanas.



MI MÚSICA


Naturales armonías, populares canturías cuyo acento musical no es engendro artificioso, sino aliento vigoroso de la vida natural;

   vuestras notas, vuestros ruidos, vuestros ecos repetidos en retornelo hablador, son mis goces más risueños, son el arte de mis sueños, ¡son mi música mejor!

   alegre esquilón de ermita voz de amores que recita la romántica canción; ruido de aire que adormece,lluvia que entristece,
manso arrullo de pichón;

   cuchicheos de las brisas, melodías indecisas del tranquilo atardecer, aletazos de paloma, balbuceos del idioma que empieza el niño a aprender;

   jugueteos musicales que modula entre zarzales el callado manantial cuyo hilillo intermitente da la nota transparente de una lira de cristal;

   melancólicos murmullos sabrosísimos arrullos, vibraciones del sentir, que la madre en su cariño le dedica al tierno niño invitándole a dormir;

   vuelo sereno de ave, ritmo de aliento suave, beso que arranca el querer, nombre de madre adorada, voz de la mujer amada, llanto del niño al nacer;

   pintoresca algarabía de la alegre pastoría derramada en la heredad, trajinar de los lugares, tonadillas populares, tamboril de Navidad;

   trino de alondra que el vuelo levanta, cantando, al cielo, de donde su voz tomó; canto llano de sonora codorniz madrugadora que a la aurora se enceló;

   dulces coros de oraciones, suspiros de devociones, sollozos de pecador, voz del órgano suave que llora con ritmo grave la elegía del dolor;

   aire quedo de alameda que una música remeda que el alma nunca entendió, una música increada que en el seno de la nada para siempre se quedó;

   las injurias de la suerte, los horrores de la muerte, los misterios del sentir y el secreto religioso del encanto doloroso de la pena de vivir...

   Yo os lo dije; vuestros ruidos, vuestros ecos repetidos en retornelo hablador, son el pan de mi deseo, son el arte en que yo creo, ¡son mi música mejor!


NOTAS 

[1] Esta es la razón, según George Orwell, por la que leemos.

[2] En español el título se suele traducir Que no muera la aspidistra.

[3] Desde aquí le mando un saludo afectuoso a Javier.

sábado, 27 de enero de 2018

Quien obedece no se equivoca... ¿o sí?

Hoy en día, en medio de lo que San Pablo llamó "la gran apostasía", en la peor crisis de toda la historia de la Iglesia, es comprensible que la mayoría de católicos sean incapaces de navegar las turbias aguas eclesiales. Lo que hacen muchos es simplemente rendirse ante la confusión reinante: dan la espalda a la Iglesia y se olvidan de todo. ¡Gravísimo error! Otro error, no menos grave, que trataré de abordar en este artículo, es sucumbir a mensajes simplistas de los "conservadores". Con el fin de hallar algún descanso para el alma en estos tiempos convulsos, muchos fieles delegan completamente en los pastores de la Iglesia, que ante la crisis sólo tienen una palabra: OBEDIENCIA. Obedecer a los superiores legítimos es una buena norma, pero al vivir en tiempos extraordinarios, la norma no vale. Incluso en el mejor de los tiempos, es un suicidio espiritual para un fiel católico abdicar de su uso de razón y obedecer ciegamente. Y no vivimos en el mejor de los tiempos. Es muy fácil decir: "quien obedece no se equivoca", pero tras 50 años de obediencia a Roma, al Concilio Vaticano II y a todas las "reformas" que la Iglesia ha sufrido en este tiempo, los frutos están al alcance de la vista. Ya sé que ahora no se estilan las sutilezas. Estamos en la era digital, cuando la capacidad de atención de la gente ha mermado drásticamente gracias a los smartphone; cuando el pensamiento se tiene que limitar a los 140 caracteres de Twitter; cuando las propuestas políticas se resumen en eslóganes de cuatro palabras. Sin embargo, es absolutamente necesario definir qué tipo de obediencia debemos a las autoridades de la Iglesia y cuando es lícito desobedecer. Se nos va la salvación en ello.


Existen ejemplos recientes de grandes hombres de Iglesia que han desobedecido las órdenes de Roma por el bien de las almas, pero el ejemplo de SANTA DESOBEDIENCIA eclesial que hoy traigo a colación es el de Robert Grosseteste, un obispo inglés del siglo XIII. Este ejemplo lo explica maravillosamente bien el gran Michael Davies en este escrito, precisamente para ilustrar lo mismo que estoy argumentando con este artículo: que a veces es lícito y hasta necesario desobedecer una orden del Papa, si dicha orden va claramente en detrimento de las almas. La primera regla de la Iglesia, la principal razón de su existencia, es la salvación de las almas. Cualquier otra consideración es secundaria. Por tanto, cuando se ve que la autoridad está obrando en contra de la salvación de las almas, promoviendo la herejía o abandonando a los fieles, es el deber de los católicos RESISTIR a los malos pastores. Esto es exactamente lo que hizo el obispo Grosseteste, cuando el Papa Inocencio IV nombró canónigo de la catedral de Lincoln a su sobrino, un hombre mundano que no tenía ninguna intención de pisar suelo inglés, mucho menos de cumplir con su misión como canónigo. Era evidentemente un caso más de nepotismo y corrupción en la Iglesia, una lacra común en la época medieval; los Papas mediocres "vendían" puestos eclesiales bien remunerados para ganarse los favores de gente poderosa y luchar por sus intereses políticos y militares del momento. Grosseteste, como obispo de Lincoln, se sentía responsable de las almas a su cargo, y sabiendo perfectamente lo que se jugaba, rechazó el nombramiento. Simple y llanamente desobedeció una orden directa del Papa.

Davies hace hincapié en que Grosseteste creía firmemente en la autoridad suprema del Papado sobre toda la Iglesia, tal y como se desprende de sus propios escritos. Por lo cual, nadie puede atribuir su desobediencia a una supuesta mentalidad cismática, una acusación que ahora siempre está en boca de los conservadores, frente a los católicos que intentan resistir las novedades emanadas del nefasto Concilio Vaticano II. Grosseteste no solamente rechazó el nombramiento, sino que con ochenta años, hizo el viaje desde el norte de Inglaterra hasta la corte papal en Lyons, Francia (¡con las condiciones de viaje propias del siglo XIII!) para enfrentarse a Inocencio IV en persona y explicarle porqué no podía acatar órdenes que contribuían a la degradación espiritual de su diócesis. Así describe el biógrafo de Grosseteste la escena:
Se quedó de pie solo... el Papa Inocencio IV se sentaba allí con sus cardenales y los miembros de su corte, escuchando la reprimenda más severa y vehemente que cualquier gran pontífice, en el cénit su su poder, haya podido escuchar jamás. 
La carta que Grosseteste envió al Papa para justificar su postura debería ser lectura obligada para cualquier candidato al episcopado hoy en día. Decía lo siguiente:
Ningún súbdito fiel de la Santa Sede, ningún hombre que no esté apartado por el cisma del Cuerpo de Cristo o la misma Santa Sede, puede someterse a mandatos, preceptos u otras órdenes de este tipo, ni siquiera si sus autores fueran ángeles del más alto rango. Hay que repudiarlos y resistirlos con toda la fuerza posible. Debido a la obediencia a la que estoy sujeto; debido al amor por mi unión a la Santa Sede en el Cuerpo de Cristo; como hijo obediente, desobedezco, contradigo, me rebelo. Ustedes no pueden tomar acción alguna contra mí, porque en mis palabras y mis actos no hay rebeldía; sólo hay amor filial debido por mandato divino hacía padre y madre. Tal y como ya he dicho, la Sede Apostólica en su santidad no puede destruir, sólo puede edificar. Esto es lo que significa la plenitud de poderes: puede hacer todas las cosas por la edificación. Sin embargo, estos mal-llamados mandatos no edifican; sólo destruyen. No pueden ser obra de la Santa Sede Apostólica.
Inocencio IV estaba fuera de sí de rabia por la actitud recalcitrante del anciano obispo inglés, y estaba muy tentado de hacerle detener, para que pasara sus últimos días en un calabozo; sin embargo, sus cardenales le desaconsejaron tal acción. Uno de ellos le dijo esto:
No debe hacer nada. Es verdad, no le podemos condenar. Es un católico y un santo; es mejor hombre que nosotros. No tiene igual entre los prelados. Todo el clero francés e inglés lo sabe... Si la verdad de esta carta saliera a la luz, podría poner a muchos en nuestra contra. Es muy estimado como filósofo, un erudito en literatura latina y griega, celoso por la justicia, un lector de las escuelas de teología, un predicador al pueblo, un enemigo activo de los abusos.
¿Cuál fue la resolución de este entuerto? Ese mismo año Grosseteste murió, en su lugar fue nombrado un obispo de Lincoln más "de acuerdo con los tiempos". Davies, reflexionando sobre este insigne personaje, dice que si hubiera vivido en tiempos de Enrique VIII sin lugar a dudas hubiera muerto por fidelidad a Roma, junto al obispo San Juan Fisher. Yo añado a esta reflexión que hombres como estos suelen ser extremadamente raros, sobre todo entre los que ostentan cargos influyentes. Es muy fácil hoy en día mirar hacía atrás y decir: "yo hubiera hecho lo mismo que él"; pero el hecho es que quedarse solo ante el Poder no es del agrado de nadie. Hace falta, primero tener los principios MUY CLAROS en la cabeza, y segundo, tener una fe en Dios inquebrantable.

Este artículo nace de mi preocupación por la situación actual en la Iglesia. Hoy en día, igual que hace 800 años, hay un hombre sentado sobre el trono de San Pedro que antepone sus propios intereses mundanos a la edificación de la Iglesia. Huelga decir que cualquier católico preferiría a un Inocencio IV a un Francisco, porque si el primero fue un corrupto, al menos nunca promovió ninguna tesis herética, ni una moral inicua, como lo hace el segundo. Hoy en día también hay un hombre de Iglesia que se ha atrevido a contradecir al Papa; un hombre que parece resistir la influencia secularizante de Roma en pro de las almas. No es un inglés, sino un estadounidense: el Cardenal Raymond Burke. Tras la publicación de sus dubbia sobre la nefasta exhortación apostólica Amoris Laeticia, que tanto revuelo causó, Burke advirtió que en caso de no recibir ninguna respuesta por parte de Francisco (ya estamos más de un año esperando), llevaría a cabo una corrección pública al Sumo Pontífice por favorecer herejías. Todos los que amamos la Iglesia estamos impacientes, esperando que Burke cumpla su palabra. El tiempo pasa y más de uno duda si el cardenal ha decidido recular en el último momento, para no meterse en líos. Pido a Nuestro Señor Jesucristo que Burke sea valiente y haga lo que tiene que hacer: defender la fe, con su vida si es preciso. Entre el episcopado quedará prácticamente solo ante Roma; será el villano de la película para todos los medios de comunicación, un apestado en los círculos "respetables" de la Iglesia. Pero le vendría bien a Burke recordar la historia de Grosseteste. Aquel hombre también quedó absolutamente solo. Pero murió en paz con Dios, tras cumplir con su deber.